jueves, 20 de marzo de 2008

Trabajo Final Teologia Iglesia y Magisterio

Introducción

Hay quien piensa que la Teología es una ciencia por si sola que no tiene aplicabilidad a la vida de la Iglesia y que lo que hace es complicar la fe de los creyentes. Sin embargo el propósito de este trabajo es presentar de forma sencilla la relación que existe entre la Teología, la Iglesia y sus diversos Magisterios

No obstante, cabe mencionar que la Teología no es otra cosa que el estudio (logos) de Dios (Theos). Siendo entonces la Teología Cristiana el estudio de Dios y de su Logos y la palabra cual encontramos en las Sagradas Escrituras. Es la ciencia que nos ayuda a entender la revelación divina y natural consumada en Cristo, Señor de la Iglesia. La teología no solo nos hablará de ese Dios al que servimos sino que ayudará a comprender nuestra historia y doctrina como Iglesia. También tiene la función de criticar la vida de la Iglesia, para que podamos evaluar constantemente nuestra visión y misión de forma tal que podamos renovarlas y atemperarlas.

Entonces, si la Iglesia está tan estrechamente vinculada a la teología es importante que la definamos. El término Iglesia proviene del griego “ekklesia” cuyo significado es el de asamblea, convocación o congregación. Ésta es lugar reunión de los santos redimidos del Cordero, donde el dialogo impera y se lleva a cabo la adoración comunitaria y el partimiento del pan. El lugar donde todos tenemos igualdad, donde vamos a ser restaurados, donde va el necesitado para ser saciado. La Iglesia tiene, por ser compuesta por miembros, una obligación con los seres humanos que la componen y todo lo que es parte del mundo creado por Dios, del cual somos mayordomos. Por eso la vida de la Iglesia es dinámica y activa. La Teología Cristiana, al estar al servicio de la Iglesia, no puede ser mero amor al conocimiento, como lo es la filosofía sino que es conocimiento llevado a la práctica de la fe. Afirmamos entonces que la teología cristiana es eclesial. Por tal razón existen los Magisterios[1].

Aun cuando el término “magisterio” es uno que no se usa comúnmente en la Iglesia Protestante, es uno muy importante que promueve la enseñanza de la doctrina de la Iglesia.

Teología, Iglesia y Magisterio

Como teólogos tenemos que comprender que “la teología no es una actividad meramente privada, sino esencialmente eclesial[2]”. La Iglesia es el lugar donde se aplica esa teología o verdad de fe, revelada por Dios a los hombres y mujeres. Por tal razón la misión de la iglesia es, “esencialmente un servicio de inspiración y de Educación de las conciencias de los creyentes, para ayudarles a percibir las responsabilidades de su fe, en su vida personal y en su vida social.[3]” En este sentido de educar y de guiar en la fe a los creyentes que se desarrolla lo que es el Magisterio General de la Iglesia. Este está compuesto principalmente por magisterios complementarios, con funciones diversas, que nos llevan a entender mejor el mensaje revelado por Dios.

Debido a su labor de testimoniar la verdad del Evangelio a través de su vida y sus acciones, Clodovis Boff se refiere a la Iglesia como “magisterial”[4],. Acciones que tanto la interpelan a ella como institución y al mundo, pues siendo el evangelio “fuerza de Dios para la salvación de los que creen”[5] y siendo la Iglesia custodia y propulsora del evangelio, tiene como obligación el iluminar con la luz del Kerigma los signos de los tiempos y la vida del mundo. Esto se evidencia en las palabras de Jesús[6] cuando nos envía de la misma forma que el fue enviado por el Padre con la misión de rescatar lo perdido e inundar este mundo con gracia y amor.

Otra razón por la cual la Iglesia debe ser considerada toda Magisterial es el hecho de que la revelación de Dios nunca tuvo ni tendrá la intención de ser de índole privada. Es decir, la interpretación del texto bíblico y su revelación han de ser vistos desde el colectivo y jamás en lo privado. La Palabra es pues para todos por igual y no para unos sí y otros no. Por esto la Iglesia, que en esencia es una sola, y por legado histórico tiene un mismo punto de partida, ha desarrollado magisterios que a lo largo de sus casi dos siglos de existencia han logrado mantener una cierta cohesión y se ha mantenido el mensaje de nuestro Redentor.

Por último, me parece pertinente unir dos conceptos sobre la Iglesia que son importantes para el estudio del tema. Primero, “la Iglesia es un organismo vivo”,[7] es decir, que está en constante evolución por lo que su mensaje debe reinterpretarse siempre a la luz de los tiempos, sin poner en juego lo esencial de su mensaje. Segundo, “la Iglesia no esta llamada a tener un programa educativo, sino a ser un organismo Educativo”[8]. Por ende, si somos un organismo vivo y educativo, nuestra vida tiene que estar centrada en la enseñanza de la sana doctrina y la correcta interpretación de las Sagradas Escrituras. De esta forma no seremos otro ente educativo estático más, sino que realmente haremos cambios en nuestro entorno social y eclesial.

Los Diversos Magisterios de la Iglesia

a. El Primer Magisterio: El de la Palabra de Dios

Al hablar de Magisterios en la Iglesia tenemos que por obligación que hablar del principal Magisterio que tenemos como pueblo de Dios, Su Palabra. Las Sagradas Escrituras son en principio la principal fuente de doctrina, enseñanza[9] y el filtro por el cual alcanzamos a comprender verdaderamente la revelación plena de Dios para el hombre, Jesucristo[10]. Por eso lo que encontramos en las Sagradas Escrituras tiene un valor innegable para nosotros y es sin duda el lugar donde buscar y conocer la voluntad de Dios para con la humanidad. No sólo esto, sino que como fuente inagotable de sabiduría y de vida, la Escritura nos habla y nos interpela de forma tal, que siguiéndola y aplicándola podemos alcanzar una mejor vida y emprender un proceso, que junto al Paráclito, nos llevará a nuestra santificación y encuentro con Jesús.

En la Convención de 2006 de la Iglesia Cristiana Discípulos de Cristo declaramos lo siguiente: “Nosotros los cristianos en un sentido somos un pueblo del libro. La Biblia es el libro de la Iglesia. Desafortunadamente, para muchos cristianos, el libro ha sido abierto de forma muy limitada lo que hace que estos estén vagamente conscientes de lo que está dentro y detrás de estas páginas.”[11] La razón principal para la vasta proliferación de sectas y movimientos contrarios a la escritura, es sin duda, que nosotros no conocemos lo que ésta contiene. En muchas ocasiones al desconocer lo que verdaderamente dice el texto bíblico, aceptamos invenciones humanas como auténtica Palabra o Revelación divina. Decía San Jerónimo, uno de los Maestros de la Iglesia: “el desconocimiento de las escrituras es desconocimiento de Cristo.”[12] Esta frase, acuñada por este hombre hace siglos atrás, hoy día cobra mayor relevancia por el reto grande que tiene la Iglesia de hoy.

“Donde la biblia habla nosotros hablamos y donde la biblia calla nosotros callamos.” Esta célebre frase, que forma parte de los ideales y pensamientos de la Iglesia Cristiana (Discípulos de Cristo) exhorta al Magisterio a ejercer su labor didáctica y su practica de educar al pueblo con responsabilidad.

b. El Segundo Magisterio: El Magisterio del Pueblo

La Iglesia como ser magisterial tiene un deber pedagógico y una responsabilidad primeramente con su Señor y luego con la sociedad donde ésta se encuentra. “La Iglesia, dice Pío XII, no se arroga ningún derecho de intervenir en la faz técnica de los problemas; solamente donde lo social toca el campo moral, allí es donde interviene el Magisterio de la Iglesia, con pleno derecho, porque la Iglesia es intérprete y guardiana de todo el orden moral.”[13]

Es aquí donde la iglesia se ve viviendo y ejecutando su magisterio común, donde ésta da testimonio y evangeliza con la verdad. Todo cuanto es moral y correcto yace delineado en el texto bíblico, de donde emana el razonamiento y la base de vida del comportamiento de la Iglesia. La iglesia por su testimonio magisterial ayuda a reconocer lo que es cierto.

Este Magisterio común de la Iglesia se divide a si mismo en varios grupos o magisterios entre los que se encuentran el Magisterio Pastoral, el Magisterio Teológico y el Magisterio local. Este último es el que está compuesto por los laicos que son luz y sal de la tierra, “maestros de la fe para el mundo” según C. Boff.

Es aquí donde nosotros, los Discípulos de Cristo, por cuanto nuestra comunidad está girada en torno a la asamblea y los laicos, ponemos mucho énfasis como institución. En que sea el testimonio de la Iglesia y sus laicos el que hable principalmente y no un grupo jerárquico como en otras iglesias cristianas.

La Iglesia no pretende ser "magíster et magistra" de la sociedad sino que espera dar testimonio de la verdad y de cambio siendo este quien hable principalmente. Esto se ha visto en días recientes donde la Iglesia ha dejado su constante testimonio silente para levantar su voz profética sobre temas que nos afectan moralmente como lo ha sido la situación de la resolución 99 y temas de bioética (p.e. aborto, clonación), etc.

c. El Tercer Magisterio: El Magisterio Pastoral

Este Magisterio es sumamente importante para la vida de la Iglesia universal y aún cuando el término se ha usado y atado a la vida de la Iglesia Católica Romana, todas las demás denominaciones cristianas tenemos parte de este Magisterio Pastoral de la única iglesia.

Éste se caracteriza por poseer un “carisma[14]” especial para poder interpretar, enseñar y transmitir esas verdades del evangelio. Bien dijo el Apóstol Pablo, refiriéndose a los dones y ministerios de la iglesia, en I Corintios 12: 28, “Y a unos puso Dios en la iglesia, primeramente apóstoles, luego profetas, lo tercero maestros”. Esta capacidad de educar en la fe es y será siempre don de Dios, transmitido a su Iglesia por el Paráclito quien gobierna la vida de la Iglesia.

Esta labor pastoral-magisterial surge a base del principio de que los pastores, existen pues hay ovejas que pastorear, pues no se es primero pastor para luego buscar ovejas. Como las ovejas que necesitan un pastor que las guíe, así también el Pueblo de Dios necesita dirección en la forma de ejercitar y conocer su fe.

Este tipo de magisterio se ha visto a lo largo de la historia bíblica con personajes importantes para la vida del pueblo hebreo, Moisés sin duda fue parte del gran magisterio pastoral de Israel y casi podríamos afirmar que su magisterio incluso tenía características pontíficias. Otros que participaron de este don en la vida de Israel fueron los jueces, entre los cuales destacamos a Samuel, quien ejerció un papel importantísimo en la vida del pueblo como guía. A este Magisterio podemos, luego del comienzo de la monarquía en Israel, incluir a los profetas y los sacerdotes que ciertamente apelaron a la vida del pueblo y le educaron en la fe, destacando la participación de Esdras como escriba en la reforma y renovación del pacto de Dios con el Pueblo.

Siendo parte de la Iglesia docente no significa que no se pueda aprender, pues siempre debemos tener los oídos prestos para “lo que el Espíritu dice a la Iglesia”[15]. Por esta razón entendemos que no se posee un total conocimiento. Este Magisterio se ve ligado al Magisterio de la Iglesia pues opera y vive en la Iglesia, y es a ésta a quien responde. El magisterio pastoral y el del laicado de la iglesia van de la mano para poder llevar un mensaje de unidad, además ambos provienen y sirven a un mismo Señor.

Este Magisterio también tiene a su cargo el pronunciamiento sobre las verdades de fe, y la visión de Dios para su pueblo. Para poder comprender los pronunciamientos de este magisterio, hay que tener en cuenta ciertas cosas que nos darán luz para entender mejor el mensaje y la enseñanza, llevándola de una reflexión quizás retórica, a la práctica activa y viva. Entre estas reglas está el contexto histórico, cultural y polémico de los tiempos, el núcleo intencionado y la intencionalidad espiritual, pastoral y ecuménica.[16]

Erasmo de Rotterdam en su carta a Carondelet, hace claro que la labor del Magisterio Pastoral no es de retórica filosófica, ni tampoco debe hacer de su función hacer que la gente conozca toda la teología, pues como muy bien dice él “Nadie será condenado por desconocer si el principio del Espíritu Santo es único o doble. Pero no evitaremos la condenación si no nos esforzamos por tener los frutos del Espíritu….” Es decir, la labor pastoral es ante todo la de llevar a los fieles a comprender su fe, y creer en ese Dios trino de forma tal que alcancen la salvación. Además de procurar que la enseñanza del magisterio teológico sea acorde con la vida de la Iglesia y reinterpretarla para que cumpla con este propósito.

d. El Magisterio Teológico

Existe una relación de colaboración entre el Magisterio Pastoral y el Teológico. Esto dado que la labor pastoral está en anunciar la palabra de Dios y velar por la permanencia de la verdad Evangélica[17], mientras que la labor del teólogo será y es profundizar racionalmente en esa Palabra de Dios. C. Boff utiliza una imagen muy interesante donde afirma, “los pastores son como la boca que expone la verdad salvífica y los teólogos son como la cabeza que la explica.” Esta afirmación tiene la intención de expresar esa unidad que existe entre ambos magisterios y a la vez darnos luz de las diferentes labores que tendrán cada uno para con la vida de la iglesia.

El teólogo en ejercicio de su magisterio se debe principalmente a la comunidad eclesial, de la cual será delegado y ayudador. Aún con libertad de investigación, el teólogo no puede desvincularse de la vida de la Iglesia, de sus verdades de fe y del amor por el prójimo, pues nunca será aceptable que la crítica que hace la teología o los hallazgos que se obtengan de la investigación teológica mitiguen o hagan daño a la vida del creyente y su relación con Dios.

Es por esta razón que Pablo VI en uno de sus discursos a los seminaristas les dice: “No queremos que se albergue en vuestros corazones el dilema entre dos primados, el primado de la ciencia y el primado de la Autoridad, cuando en la entrada de la doctrina divina no existe más que un solo primado, el de la verdad revelada, el de la fe, a la que tanto la teología como el magisterio quieren dar diverso pero convergente asentimiento” en otras palabras, a quien ambos magisterios le deben responsabilidad es a Dios y a su verdad revelada.

Según dijera el Dr. Joaquín Lozada: “Hay que reencontrar el sano equilibrio de ministerios y funciones, que refleje el vigor de una Iglesia renovada en la totalidad de su cuerpo. Hay que preocuparse eficazmente por la credibilidad de nuestro testimonio ante los hombres de nuestro tiempo”. [18]

e. Otros Magisterios

Ciertamente por cuestión de espacio y al sobrepasar el límite establecido para este trabajo mencionaremos sólo varios de los otros Magisterios que existen en la Iglesia y algunas de sus características.

Magisterio Pontificio: es el Magisterio que le reconoce la Iglesia Católica al Papa. Este Magisterio según su creencia, goza del carisma de la infalibilidad y es parte del magisterio pastoral de la Iglesia.

El Magisterio Social: es el área del Magisterio que se encarga del desarrollo de la doctrina social de la Iglesia. Este magisterio ha sido fuertemente criticado en tiempos recientes especialmente frente a la teología de la liberación por varios de sus promotores. José Diez en su discurso y análisis sobre el tema “Revolución y Magisterio” dice que los movimientos que ha hecho la iglesia sobre actividad social han sido ciertamente progresistas y reformadores, sin embargo no han sido revolucionarios. Según su tésis esto se ha traducido en un estancamiento social y la necesidad de nuevos modelos de eclesiología, de los cuales yo destaco la Eclesiogénesis de Leonardo Boff.

Ciertamente entre todos los Magisterios tiene que haber un dialogo constante y un deseo verdadero de lograr cambios y acuerdos. La historia y vida son dinámicas y por ende la labor y la visión de los Magisterios deben, por no decir tiene, que renovarse y mantenerse al día. Los designios de la Iglesia toda Magisterial deben siempre reinterpretarse a los tiempos, siempre a la luz del Espíritu Santo, Señor de la Iglesia.

La visión de una Iglesia toda Magisterial trae consigo la idea de que como comunidad todos somos responsables los unos por los otros de las situaciones y vida, de lo que pasa en nuestra iglesia local como lo que sucede en la IGLESIA UNIVERSAL. Por esta razón, como creyentes debemos siempre estar y tener presente la imperiosa necesidad de hacer teología práctica, de conocer y criticar la vida de la Iglesia que no será otra cosa que criticarnos a nosotros mismos y velar que nuestra vida esté cónsona con la prédica que sale de nuestra boca.

Conclusión

Como Discípulo de Cristo, afirmo lo que dijera nuestro “Magisterio” en nuestra convención del 2006 sobre la Educación Cristiana Transformadora, con cierta libertad para aplicarlo al tema del Magisterio que sería en cierto modo su equivalente protestante: “Un Magisterio que transforma cambia el conflicto en nueva vida, nuevas oportunidades, en un nuevo entendimiento que nos conduce a la madurez de comprender la voluntad de Dios”- Barbosa p. 16

El trabajo del Magisterio en la iglesia es ciertamente como diría San Anselmo de Canterbury, explicar y transmitir “la fe que busca comprender. Es por esto que la vida en la Iglesia es un constante quehacer teológico. Es en la actividad teológica seria que nosotros como iglesia nos hacemos partícipes de forma creativa y fecunda de la misión profética de Cristo.[19]

Ahora bien, me pregunto, ¿hasta qué punto el organismo educativo que debe ser la Iglesia, se ha convertido (para tragedia de todos) en el mayor ente de ignorancia, manifestando la misma en intolerante desinformación? Esta pregunta es importante hacerla para ver dónde dentro del paradigma educativo nos encontramos cimentados. Es por esto que nuestras congregaciones tienen que comenzar a conocer más, a desaprender para aprender; nuestros pastores, sacerdotes y líderes tienen que ejercer ese “carisma” especial de la enseñanza sana y objetiva que nos provee la teología.

Relata la Escritura el reclamo de Dios a su pueblo donde afirma que “mi pueblo perece por falta de conocimiento”. Es por esto que la Iglesia está obligada a no ser un ente de ignorancia sino a un ente de conocimiento y sus miembros tienen que amar, buscar y anhelar ese conocimiento que se origina totalmente de Dios.

Tenemos que comenzar a ejercitar más y mejor la fe, que no es una experiencia místico-emocional sino que es parte fundamental de la teología, pues nuestra fe, la fe en general, busca comprenderse a si misma. Por ende si todos tenemos fe, y esta fe es inmensurable y tiene un deseo infinito de conocimiento, todos y cada uno seremos responsables de buscar su comprensión a cabalidad y llevarla a su maduración.

De esta manera podremos siempre sentir el gozo y la responsabilidad eclesial de dar auténtica doctrina de Cristo a quienes la han de comunicar a los demás. Para que seamos de veras servidores de quien es luz, verdad, salvación[20]. Si el magisterio fuera algo de la Iglesia Católica solamente entonces en vano creemos en la Palabra y en el carisma del Maestro. Además siempre andaríamos en Cristología baja hablando de lo que hizo Jesús, quien es el Maestro, en vez de revelar al mundo al Maestro del Magisterio: Jesús.

Opinión personal

Con la elección de este tema jamás pensé que lo disfrutaría tanto. Que me serviría de forma exagerada para mi vida y comprender mejor cual es mi misión dentro de la Iglesia. Fue como un oasis en medio del desierto del descubrir cual es mi propósito en el plan de Dios.

Conocer que tengo un “carisma” especial de Dios es innegablemente una sensación de mucho gozo y alegría, además de tremenda responsabilidad. En adición a esto ver un desarrollo en la forma de pensar y en la capacidad de desaprender para aprender me pareció, quizá, el mas grande de los logros con este trabajo.

Ahora solo me queda poner en practica lo aprendido de forma tal que la Iglesia de Jesucristo pueda crecer y convertirse en un mejor organismo educativo, donde la tolerancia y la vida sean dos virtudes que imperen en el dialogo.

También veo que este será el comienzo del camino que Dios a trazado para mi en el mundo de la teología, ya no para que aprenda y crezca a nivel personal e intelectual sino para que con este conocimiento ayude a su Iglesia a Crecer. De cierto de cierto digo que ya de este barco no nos podremos bajar jamás, así nos ayude Dios.

Bibliografía

González Justo, Maldonado Zaida, 2003 Introducción a la Teología Cristiana

Boff Clodovis, Introducción al Método Teológico

Ioannis Pauli PP. II Redemptor Hominis, 19

Barbosa Fernando, 2006 p.16, Convención 2006 sobre la Educación Cristiana Transformadora

Boff Leonardo, Eclesiogénesis: nuevas formas de Iglesia

Losada Joaquín, TEOLOGÍA Y MAGISTERIO EN LA IGLESIA, UNAS RELACIONES DIFÍCILES descargado de http//quehacerteologico.blogspot.com

Concilio Vaticano II 1965, 44 Constitución Dogmática Dei Verbum, y Documentos de Trabajo del Concilio

Ettone Asina, José Diez Enrico Chiavacci, Revolución: Magisterio, Teología y Mundo Moderno.
Michael Doménech, Una Iglesia Vocacionada para Ejercer sus Ministerios, ICDCPR 2004 p.28

Aldo J Bunting: Hechos doctrinas sociales y Liberación- Editorial Guadalupe Cap. 13 y 14

Biblia de Jerusalén revisada y aumentada 1998, Desclee de Brouwer Bilbao

Concilio de Medellín, Justicia N.6

Wikipedia.org



[1] Se entiende habitualmente en español la acción que lleva a cabo un maestro, pudiendo entenderse, por extensión, este último término en sentido muy amplio. Además, es el ministerio educativo de la Iglesia.

[2] Clodovis Boff, Teoría del Método Teológico Capitulo 14 pagina 83.

[3] Concilio de Medellín, Justicia N.6

[4] Clodovis Boff, Teoría del Método Teológico

[5] Cf. Romanos 1:16 Biblia de Jerusalén, Desclee de Brouwer Bilbao

[6] Juan 20:21 Despedida de Jesús; según Aldo J Bunting: Hechos doctrinas sociales y Liberación- Editorial Guadalupe Cap. 13 y 14

[7] Justo Gonzáles y Zaida Maldonado; Introducción a la Teología Cristiana 2003

[8] Michael Domenech, Una Iglesia Vocacionada para Ejercer sus Ministerios, ICDCPR 2004 p.28

[9] 2 Timoteo 3: 16 Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redarguir, para corregir, para instruir en justicia RV60

[10] Juan 5:39 Examináis las Escrituras porque vosotros pensáis que en ellas tenéis vida eterna; y ellas son las que dan testimonio de mí

[11] Michael Domenech, Una Iglesia que promueve una Educación Cristiana Transformadora, 2006 p.25

[12] Constitución Dogmática Dei Verbum

[13] Ettone Asina, José Diez Enrico Chiavacci, Revolución: Magisterio, Teología y Mundo Moderno.

[14] Hans Kung: Concilio Vaticano II 1965, 44; Carisma es el llamamiento que Dios dirige a cada uno para un determinado servicio en la comunidad haciéndolo simultáneamente apto para ese mismo servicio.

[15] Cf. Apocalipsis 2: 7, 11, 17 etc.

[16] Clodovis Boff, Teoría del Método Teológico, Cap 14 p.85

[17] Evangélica en el sentido de la verdad del evangelio, no refiriéndonos a una Iglesia o grupo de Iglesias. Pues toda Iglesia que predica el Evangelio de Cristo es una Iglesia Evangélica.

[18] Tomado de:TEOLOGÍA Y MAGISTERIO EN LA IGLESIA, UNAS RELACIONES DIFÍCILES
JOAQUÍN LOSADA Prof. de Eclesiología. Univ. Comillas. Madrid

[19] Ioannis Pauli PP. II Redemptor Hominis, 19 Cf. y discurso del Papa a los profesores de teología en Salamanca.

[20] Cf. Juan Pablo II Discurso a los profesores de teología de Salamanca.

martes, 22 de enero de 2008

TEOLOGÍA Y MAGISTERIO EN LA IGLESIA, UNAS RELACIONES DIFÍCILES
JOAQUÍN LOSADA Prof. de Eclesiología. Univ. Comillas. Madrid

«Magisterio y Teología... no son dos tareas opuestas, sino complementarias... Por ello el Magisterio y la Teología deberán permanecer en diálogo." Juan Pablo II

Más que una reflexión teórica sobre las reglas de juego que debieran regir las relaciones del Magisterio con la Teología en el interior de la Iglesia, nuestro punto de vista, de acuerdo con el problema planteado en este número de Sal Terrae, quiere ser concreto, atento a las peripecias de unas relaciones difíciles, frecuentemente conflictivas, a veces escandalosas, entendiendo la palabra en su sentido propio de "tropiezo"; tropiezo para la conciencia de pertenencia a la Iglesia de muchos cristianos y factor de distanciamientos prácticos. No se puede olvidar que uno de los componentes más importantes de los procesos que han llevado a las grandes rupturas de la unidad que ha padecido la Iglesia en su historia, ha sido de índole doctrinal. Conflicto duro y crispado entre teólogos y un Magisterio autoritativo que, muchas veces, el paso del tiempo ha dejado al descubierto como apasionado y sin razón.Pero no vamos a detenernos en el recuerdo de los viejos conflictos históricos, aunque sus consecuencias dolorosas sigan haciéndose sentir en nuestros días. Nos centraremos en la situación de la Iglesia posconciliar y de nuestra Iglesia española en particular. Una Iglesia que ha vivido un verdadero "boom" de brillante docencia magisterial de Papas y Obispos, seguramente más abundante que en cualquier otro momento de su historia: enseñanzas de Conferencias episcopales regionales, nacionales y continentales, Sínodos de Obispos, documentos del Papa y de las Congregaciones romanas... Al mismo tiempo, esta misma Iglesia ha padecido los dramas personales de teólogos como H. Küng, G. Gutiérrez, L. Boff, Ch. Curran, E. Schillebeeckx, para citar los casos más clamorosos, enfrentados a procesos sobre la ortodoxia de su pensamiento teológico. Estos nombres son sólo la punta visible de un "iceberg" que se extiende, prácticamente, a todas las Facultades de Teología del mundo. Difícilmente podrá encontrarse alguna que no haya experimentado en estos años, en algún momento y en alguno de sus miembros, el conflicto con un Magisterio receloso ante los empeños de algunos de sus mejores teólogos."Parece que ahora el teólogo —avisaba hace poco tiempo el cardenal Ratzinger— quiere ser a toda costa 'creativo', pero su verdadero cometido es profundizar, ayudar a comprender y a anunciar el depósito común de la fe, no crear".1 Ahí está una de las raíces del conflicto. No hay acuerdo sobre el papel que el teólogo debe asumir en la vida de la Iglesia. En otros términos los Obispos españoles, a juzgar por recientes declaraciones y escritos de altos representantes de la Conferencia episcopal, apuntan su inquietud en la misma dirección. Denuncian el "progresismo" de unos teólogos que, en su apertura al mundo secular, ponen en peligro la esencia de la fe cristiana.2 Los teólogos, sin embargo, creen ser fieles a su identidad, a su misión y a la doctrina del Concilio Vaticano II cuando se esfuerzan por dialogar con la cultura de su tiempo. Esta es la situación problemática que queremos estudiar y analizar. Hay que reencontrar el sano equilibrio de ministerios y funciones, que refleje el vigor de una Iglesia renovada en la totalidad de su cuerpo. Hay que preocuparse eficazmente por la credibilidad de nuestro testimonio ante los hombres de nuestro tiempo.1 Factores determinantes de la situaciónSe trata, ante todo, de intentar hacer un diagnóstico convincente y que, de alguna manera, ponga al descubierto las causas profundas que provocan el frecuente conflicto entre el Magisterio y la Teología. Cuando el fenómeno patológico se repite una y otra vez, en diferentes circunstancias eclesiales y culturales, hasta el punto de convertirse en un estado de tensión permanente, hay que suponerle unas causas, entrañadas en la misma estructura funcional de la Iglesia actual, que lo hacen nacer y renacer, independientemente de cualquier circustancia cambiante. ¿Cuáles pueden ser esos factores estructurales del conflicto? El análisis de la identidad y del funcionamiento concreto de los dos servicios, Magisterio y Teología, tal como son reconocidos y actúan hoy en la Iglesia, nos abrirá el camino para su determinación.Las dos funciones, Magisterio y Teología, tienen hoy una identidad bien definida y reconocida en la vida de la Iglesia. "Los Obispos, sucesores de los apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el evangelio a toda creatura" (LG 24). Ese es su primer deber, el rasgo dominante que debe caracterizar su presencia en la vida de la comunidad cristianasEl dinamismo de la fe, que acoge la Palabra revelada por Dios y busca su plena comprensión, es lo que da origen y fundamenta la tarea del teólogo. "Fides quaerens intellectum, intellectus quaerens fidem", "la fe, que busca la comprensión, la inteligencia, que busca la fe". Lo explicaba en Salamanca Juan Pablo II en los siguientes términos:"La fe es la raíz vital y permanente de la teología, que brota precisamente del preguntar y buscar, intrínsecos a la misma fe, es decir de su impulso a comprenderse a sí misma, tanto en su opción, radicalmente libre, de adhesión personal a Cristo. cuanto en su asentimiento al contenido de la revelación cristiana. Hacer teología es, pues, una tarea propia exclusivamente del creyente en cuanto creyente, una tarea vitalmente suscitada y en todo momento sostenida por la fe, y por eso es pregunta y búsqueda ilimitada.» 4La función teológica aparece de este modo estrechamente enraizada en las exigencias del hecho mismo de la fe cristiana: la Palabra de Dios revelada, su captación y aceptación por la comunidad creyente y su proclamación a todos los hombres y a todas las culturas. Esa radicalidad fundamental del quehacer teológico es la explicación de la presencia de "profetas y maestros", hoy diríamos "teólogos", desde los tiempos apostólicos (cf. Act 13,1).Las dos funciones aparecen estrechamente vinculadas con el hecho de la revelación de Dios en Jesucristo, al servicio de la Palabra revelada en él y por él, de su creciente comprensión y asimilación y de su proclamación a todos los pueblos. Coinciden, pues, ambas en el mismo campo de actividad. Podríamos decir que, dentro de la estructura funcional de la Iglesia, se encuentran colindantes. Esta localización estructural facilita y multiplica, inevitablemente, los contactos y encuentros de las dos funciones, pero también, en la misma medida, potencia las posibilidades de roces y de choques.Sería encerrarse en una visión parcial de las cosas limitarse a este primer plano de identificación de estas dos funciones de servicio a la Palabra de Dios revelada, por muy importantes que se nos presenten. El Concilio Vaticano II comprende todas las diversificaciones funcionales que se dan dentro de la Comunidad cristiana en el marco de una visión global de la Iglesia como Pueblo de Dios que prolonga en la historia, todo él, la triple función de Cristo, sacerdotal, profética y real. Es en ese horizonte más amplio donde hay que localizar todo un diversificado sistema de "servicio a la Palabra", que afecta a todos los fieles y los compromete en la continuidad de la función profética de Cristo hasta el fin de los tiempos. Magisterio y Teología están insertos en ese "sistema funcional profético"; forman parte de él y deben ser comprendidos como tales. Una parte importante, sin duda, pero que nunca debiera pretender imponerse y sustituir a la totalidad. Deben integrarse, en comunión y en servicio, dentro de todo el sistema profético, en el que hay que dar un puesto particularmente relevante al "sensus fidei" de los fieles y a todas las formas vivas y carismas en que este "sentido de la fe" de los creyentes se manifiesta en cada momento en la vida de la Iglesia.En este necesario proceso de integración de los distintos servicios y ministerios en la comunión eclesial, es de capital importancia tener en cuenta los principios operativos derivados de la comunión, y en concreto, el "principio de prioridad comunitaria" que, en un reciente documento sobre el laicado, recordaban los Obispos alemanes: "Los dones y los cometidos que han sido confiados a todos conjuntamente, comunitariamente, son primarios respecto a toda diversidad, por significativa que pueda ser".5 Prioridad de lo común y comunitario que exige a las funciones singulares, sean las que sean (en nuestro caso al Magisterio y a la Teología), una actitud fundamental de atención y subordinación al todo del cuerpo eclesial, al que deben servir.Integrados en el sistema general de servicio a la Palabra de Dios, la acción del Magisterio y de la Teología, como la de todo el Pueblo de Dios, no debe ser nunca la de un mero instrumento pasivo y reiterativo, sino un servicio personal y comunitario, responsable y activo, en el que la libertad del Espíritu, "que habló por los profetas", se conjuga con la libertad del hombre histórico, que en las variables situaciones socioculturales acoge la Palabra de Dios por la fe. En esta conjunción de lo divino y lo humano, considerada como mediación que varía en función de la diversidad de tiempos y de culturas, la Palabra de Dios sigue encontrando a los hombres. Esto quiere decir que, aunque la Palabra haya sido dicha plena y definitivamente en el Hijo y por el Hijo Jesucristo, su traducción y comprensión en las distintas circunstancias histórico-culturales deberá ser el quehacer concreto y personal de las mediaciones históricas de una Iglesia que es "sacramento universal de salvación" (LG 48). En el encuentro coloquial de Dios con la humanidad, en que, según el Concilio, se realiza la Revelación de Dios (cf.DV 2), tienen su puesto y encuentran el sentido de su función tradicional y creativo tanto el Magisterio como la Teología.Desde esta perspectiva de servicio mediador de la Palabra revelada hay que comprender el objetivo concreto del magisterio de los Obispos y de la reflexión de los teólogos. El ministerio magisterial de los Obispos aparece en las Comunidades cristianas como garantía de seguridad y de fidelidad a lo enseñado por los Apóstoles en el momento transicional en que el cristianismo naciente tiene que afrontar el paso de la generación apostólica, fundamentada en el testimonio directo de los testigos oculares, a la situación postapostólica, en la que estos testigos ya han desaparecido. Es entonces cuando los Obispos "suceden" a los Apóstoles en la garantía de la verdad revelada y transmitida por los Apóstoles, y en el compromiso en el cumplimiento de la misión confiada por Cristo a su Iglesia. Se trata, pues, de un ministerio caracterizado por su dedicación a garantizar la continuidad con los orígenes y la autenticidad de la doctrina recibida. Ese es el rasgo dominante de su identidad ministerial y, consiguientemente, su función principal en la estructura ministerial de la Iglesia. Una garantía que se presenta y actúa no sólo en la proclamación de la Buena Nueva y en la explicación a la Comunidad cristiana de la doctrina recibida, como lo habían hecho los Apóstoles, sino en una función de "vigilantes", "episcopoi", en la propia Iglesia particular, "en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como obispos para pastorear la Iglesia de Dios" (Act 20,28), en el momento en que esos Apóstoles, testigos y cimiento sobre el que se construye la Iglesia (cf. Ef 2,20), dejan de estar visiblemente presentes en la comunidad.El servicio de los teólogos se manifiesta históricamente en relación con lo que podríamos llamar "proceso de negociación de identidad" social y cultural, en el que tiene que entrar la comunidad de los discípulos de Jesús al verse obligada a identificarse y situarse primero en el contexto del judaísmo palestino, muy pronto también en el mundo de la cultura greco-romana. ¿Qué significan Jesús y su mensaje en el contexto apocalíptico de la espera de la llegada inminente del Reino de Dios? ¿Qué valor tienen su muerte y resurrección en el mundo judío de la espera escatológica? ¿Qué sentido tiene su persona, su mensaje, la comprensión del cristianismo palestino, en el mundo grecoromano, fuera de la concepción apocalíptica de la historia cuestionada, por otra parte, a causa de la dilación de la parusía? La reflexión de "los maestros", "los teólogos", intenta dar una respuesta a estas preguntas-clave para encontrar sentido a la fe cristiana ya desde sus mismos orígenes. "Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón ('logon') de vuestra esperanza" (1 Pet 3,15). El "logos" de la esperanza cristiana, cuestionada en las distintas situaciones históricas, es e' "logos" que busca el "teólogo" y que ofrece la "Teología" a los creyentes y a las preguntas formuladas por cada tiempo y cada cultura."Naturalmente, los dos servicios, Magisterio y Teología, siguen manteniendo su identidad y su razón de ser en las circunstancias históricas que, a partir de la Ilustración, vive la Iglesia en su encuentro con el mundo moderno. La afirmación de relevancia de la fe cristiana en un mundo secularizado y la necesidad de una "negociación de identidad" y de "dar razón de nuestra esperanza" se ha hecho apremiante para la Teología. La necesidad de un reforzamiento de la actitud de vigilancia que garantice la fidelidad y la continuidad con la tradición viva se hace sentir con particular intensidad ante la sucesión de problemas nuevos y de caminos inciertos que se abren cada día ante la humanidad y ante la Iglesia. Esta situación da una particular importancia y actualidad a los servicios de Teología y Magisterio. Pero es precisamente ahora cuando, en lugar de una esperada y abierta colaboración de los dos servicios, nos encontramos con un distanciamiento creciente, una atmósfera cargada y tensa y el frecuente estallido de conflictos abiertos entre el Magisterio oficial y teólogos que intentan la reflexión teológica en la frontera con nuestro mundo. ¿Se trata de las consecuencias inevitables de una situación de emergencia que pide actitudes y actuaciones extraordinarias? ¿Hay que aceptar la situación fatalmente como exigencias normales de la vida eclesial? ¿Nos encontramos ante un planteamiento equivocado que hay que rectificar, una situación anormal que necesita ser clarificada y ordenada, para que ambos servicios funcionen de un modo correcto y satisfactorio? Es esta última hipótesis la que creo que responde a la realidad.2. Las oscuridades de una situación conflictivaEl encuentro con la modernidad ha constituido un verdadero reto para toda la Teología cristiana. La Teología católica no ha sido ninguna excepción. No se trata de un desafío ideológico de confrontación de dos concepciones del mundo alternativas. Lo que está en juego es algo mucho más vital e importante. Se trata de la proclamación del mensaje cristiano, de su sentido para el hombre actual y de la posibilidad de su aceptación por la fe. Una vez más, la Iglesia ha de dar razón de su esperanza a los que le preguntan por su fe. Sin embargo, el cumplimiento de ese imperativo de todo creyente, pero que afecta de un modo singular al ministerio del teólogo, entraña un conjunto de contradicciones y oscuridades que, en buena medida, son causa de conflictos para la Teología y que necesitan una urgente clarificación.2.1. "¿Invitación de compromiso?". El Concilio Vaticano II, Magisterio en su forma más autorizada, supuso para la Teología una confirmación indiscutible de su empeño por responder a las cuestiones de nuestro tiempo. La constitución "Gaudium et Spes" se situó ante el mundo de un modo nuevo. Expresó su cercanía al mundo y a sus problemas, su solidaridad con todas sus aspiraciones y preocupaciones, su disponibilidad total para un diálogo franco y abierto, en el que la misma Iglesia se manifestaba deseosa de aprender del mundo y ofrecía su colaboración en orden a encontrar una solución a los problemas que angustian a la humanidad. A esta actitud de acercamiento y diálogo el Concilio invita también a la Teología:«Los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época, porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado... La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitarle a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un mas pleno conocimiento de la fe... Pero, para que puedan llevar a buen término su tarea, debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer, humilde y valientemente, su manera de ver en los campos que son de su competencia.»6Respondiendo a esta invitación del Magisterio solemne del Concilio ecuménico, la Teología posconciliar se comprometió en ese camino de búsqueda de nuevas formas de comunicación de la doctrina de fe cristiana, de mantenimiento de contacto y de diálogo con los hombres de nuestro tiempo, de uso de una justa libertad de investigación, de pensamiento y de expresión de los propios puntos de vista. Pero lo que ha sucedido frecuentemente en estos años es que la Teología ha resultado un "invitado Incómodo", al presentarse en el ámbito público de la Iglesia con las condiciones que el mismo Magisterio conciliar le había fijado en el protocolo de su "tarjeta de invitación": "buscar un modo más apropiado de comunicar su doctrina a los hombres de su época", "sin perder contacto con su tiempo", usando de la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer, humilde y valerosamente su manera de ver". La Teología invitada presenta su tarjeta de invitación y de identificación perfectamente en regla. ¿Se le puede cerrar la puerta, sin más? ¿Qué razones válidas o disculpas se pueden dar por los que tienen la responsabilidad de la puerta de entrada? ¿Es que ha habido un error en la invitación a la Teología, hecha con tanta solemnidad por el Magisterio del Concilio? Esta es la oscuridad primera que necesita ser clarificada. Ratificar o anular una invitación que ha lanzado y animado la acción de la Teología de nuestro tiempo.2.2. "Apertura a distancia". La nueva actitud de la Iglesia ante el mundo, su apertura al mundo moderno, es una de las grandes enseñanzas del Concilio Vaticano II. Su expresión más rica y autorizada la encontramos en la constitución "Gandium et Spes" ."La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia". "Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (GSp 1). "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio" (GSp 4). "Avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios" (GSp 40). "Los cristianos, recordando la palabra del Señor: 'en esto conocerán todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis' (Jn 3,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy" (GSp 93).De entonces acá han pasado casi veinticinco años ricos y tensos. Parece que el mundo, al que la Iglesia había abierto sus puertas de par en par, no ha resultado tan inocente y honorable como, al parecer de algunos, habían imaginado los Padres conciliares, "algunos de los cuales pudo parecer, tal vez, que se dejaron ganar por aquel optimismo un poco ingenuo de aquellos tiempos, un optimismo que, en la perspectiva actual, nos parece poco crítico y realista".7La mayor parte de la Teología posconciliar asumió decididamente esa actitud fundamental del Concilio y de la constitución "Gaudium et Spes", que la doctrina conciliar había establecido sobre una sólida teología del Dios Creador, del Verbo Encarnado y de la Historia de la salvación. Consecuentemente, estos teólogos se han esforzado por mantenerse siempre cercanos y solidarios con el mundo, como lo habla pedido el Concilio, aunque este mundo no fuese ya la humanidad esperanzada de los años conciliares, sino un mundo endurecido y escéptico, como consecuencia de la serie encadenada de crisis económicas, sociales, políticas y culturales. Por otra parte, hay que precisar que esta nueva realidad mundana no está ausente del mundo y de la previsión de futuro de la "Gaudium et Spes". Por eso no es lícito pensar que el cambio producido pueda invalidar los principios enseñados por la constitución, ni mucho menos anular su mensaje de misericordia y de esperanza. Al contrario, ante la nueva situación del mundo, la lógica del pensamiento conciliar, que es la lógica del evangelio, debe llevarnos a una mayor proximidad y a una mirada de mayor comprensión y misericordia. Pensemos en la lectura que tiene en estos momentos la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37). Y en este mismo sentido encuentra una nueva actualidad la carta "Dives in misericordia" de Juan Pablo II.8Por eso resultan desconcertantes puntos de vista en los que se presenta a un llamado "sector progresista" de la Teología española como pretendiendo fundamentar su postura teológica en el Concilio Vaticano II, en la constitución "Gaudium et Spes" y en la invitación al diálogo con el mundo, hecha por Pablo VI, mientras se justifica una actitud de distanciamiento y confrontación, refiriéndose a "un vuelco cultural", "cultura dominante... de la contestación", descrita con un impresionante conjunto de rasgos negativos. El diálogo y acercamiento a este mundo pone en peligro la misma esencia de la fe cristiana 9 Hay que decir, sin embargo, que una lectura atenta del capítulo primero de la constitución "Gaudium et Spes" pone en evidencia que el mundo que el Concilio tiene presente, con el que afirma su voluntad de diálogo y con el que se siente solidario, no se diferencia del nuestro. Es y sigue siendo el mismo mundo necesitado de salvación, al que Dios amó de tal modo que le entregó su HiJo único (cf. Jn 3,16).Ante esta situación, la necesidad de una clarificación vuelve a hacerse urgente. Un amplio sector de teólogos, que no se sienten identificados como "progresistas", en el sentido peyorativo que va adquiriendo el término dentro del lenguaje eclesiástico, parecen no coincidir con la forma de ver, valorar y, consiguientemente, actuar ante el mundo actual que tiene un importante sector de representantes del Magisterio. Estos teólogos se identifican con el pensamiento conciliar y con su llamada a un sincero diálogo con el mundo. Piensan que en su actitud están sirviendo fielmente al Magisterio en su forma más elevada, el Concilio ecuménico. No cabe duda que esta divergencia de opiniones tiene una fuerte incidencia en las relaciones Magisterio y Teología. De ahí la conveniencia de dar una respuesta a preguntas como éstas: ¿sigue teniendo validez en la Iglesia actual la actitud ante el mundo moderno asumida por el Concilio Vaticano II en la constitución "Gaudium et Spes"?; los cambios que se han producido en la sociedad moderna en el período posconciliar ¿justifican un cambio de postura en la Iglesia? Creo que, en último término, lo que está en juego es la permanencia del Concilio con todo su significado de honda conversión y renovación de la vida de la Iglesia. En este nivel de la cuestión hay que afirmar que las instancias más altas del Magisterio de la Iglesia (Papa, Sínodos de Obispos) enseñan tajantemente la continuidad y validez de un Concilio al que se le sigue reconociendo como la gran gracia que Dios ha hecho a nuestro tiempo.2.3. "Crear repitiendo". La paradoja de este epígrafe expresa el sentido que tiene el quehacer del teólogo en la Iglesia, de acuerdo con la ambigüedad de la situación en que se le quiere colocar hoy. ¿Explicar y repetir lo que ya está dado, o crear y buscar una mayor comprensión de la fe? ¿Explicación de la verdad revelada y enseñada por el Magisterio auténtico, o esfuerzo creativo, que reflexiona sobre la fe tradicional para hacerla más comprensible y cercana a los hombres de hoy? Lo grave de la pregunta es que el sentido de la tarea, que se espera que haga el teólogo, define su "rol" en la Iglesia y, consiguientemente, su identidad ministerial. Y al contrario, la falta de definición del sentido de su quehacer en la Iglesia oscurece su "rol" y desdibuja su identidad. De ahí las serias consecuencias que tiene esta definición y la urgencia de una clarificación.Hemos recordado anteriormente el punto de vista del cardenal Ratzinger sobre el sentido que debe tener el trabajo del teólogo en la Iglesia. Según él, hoy el teólogo quiere ser, a toda costa, creativo, pero su verdadero cometido no es el de crear, sino el de profundizar, ayudar a comprender y a anunciar el depósito común de la fe. Se teme que su afán creativo desintegre la fe común "en una serie de escuelas y corrientes a menudo contrapuestas". Además hay que tener en cuenta "el desconcierto" del pueblo de Dios ante la pluralidad de pensamiento y de opiniones resultantes del esfuerzo creativo de la Teología. Pero también habría que preguntarse si ese posible desconcierto del pueblo de Dios ante una pluralidad de opiniones, dentro de la unidad esencial, no puede ser mayor desconcierto y desamparo ante un pensamiento monolítico que ignora los nuevos problemas, las nuevas situaciones y los nuevos caminos que cada día se abren ante el creyente y que necesita andar. Por otra parte, volviendo la mirada al pasado de la Iglesia, ¿es que no aparece desde los primeros momentos una rica pluralidad en la comprensión de un Misterio revelado, que no puede agotar ningún entendimiento humano? ¿No es la pluralidad un reflejo necesario de la pluriforme Sabiduría de Dios?Ratzinger destaca acertadamente el carácter de "servicio eclesial", que es propio de la Teología. Esta eclesialidad del servicio teológico implica su inserción e integración en la estructura ministerial de la Iglesia y su incuestionable subordinación a la Palabra de Dios revelada, a la Tradición viva de la Iglesia, al pueblo de Dios, al que debe servir, y a la autoridad de un Magisterio auténtico, al que ha sido encomendado "el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios" (DV 10). Pero la cuestión se plantea en el modo en que la Teología ha de cumplir tal "servicio eclesial". Juan Pablo II, hablando a los teólogos españoles reunidos en Salamanca con motivo de su viaje a España, después de haber recordado a los grandes maestros que en el pasado enseñaron en aquella universidad, decía:"Por eso, en los tiempos nuevos y difíciles que estamos viviendo, los teólogos de aquella época siguen siendo maestros para vosotros, en orden a lograr una renovación tan creativa como fiel, que responda a las directrices del Vaticano II, a las exigencias de la cultura moderna y a los problemas más profundos de la humanidad actual.La función esencial y específica de! quehacer teológico no ha cambiado ni puede cambiar."10El Papa hace, pues, una explícita invitación a la creatividad de los teólogos actuales, conforme al modelo de los grandes maestros del pasado. Una creatividad que debe ejercerse siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II. Sin duda, se refiere a las orientaciones ofrecidas por la constitución "Gaudium et Spes" cuando pide a los teólogos "buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época", utilizar las ciencias del hombre, mantener una estrecha unión con los hombres de su tiempo, esforzarse por comprender la cultura actual y el uso de una justa libertad de investigación, de pensamiento y de expresión (cf. GSp 62). Creatividad en el método teológico y en la problemática planteada, señalaba el Papa en los teólogos del siglo XVI. Esa es la creatividad que hoy debe vivir la Teología. Junto con ella, la fidelidad a la Iglesia de Cristo. Fidelidad creativa que responda a "las exigencias de la cultura moderna y a los problemas más profundos de la humanidad actual". Teología situada en la frontera de un mundo nuevo y una nueva cultura que está ya aquí mismo. Esta tarea, que, si se asume de modo responsable, es absolutamente seria e importante, diríamos esencial, para el cumplimiento de la misión de la Iglesia, le pide al teólogo un decidido talante creativo y una fidelidad a toda prueba. "Sabed ser creativos cada día...", pedía el Papa a los teólogos españoles en Salamanca 11. Pero el cumplimiento de esta petición exige una libertad que es condición indispensable para todo empeño creativo, y requiere también una confianza y un respaldo a la tarea teológica por parte de la Iglesia que ahuyente los miedos paralizadores. Y muchos de los teólogos actuales tienen la penosa impresión de que ambas exigencias, libertad y confianza, se están debilitando notablemente en los últimos tiempos. Si esto es así, hay que decir que una de las tareas más urgentes que en estos momentos tiene ante sí la Iglesia es la de devolver confianza y libertad a la Teología.
3. Conclusión En el Nuevo Testamento y en los escritos postapostólicos aparecen frecuentemente unidos los ministerios de "apóstoles y doctores" como dos servicios prioritarios en la vida de las primeras comunidades cristianas. En la larga historia de la Iglesia los obispos, sucesores de los apóstoles, y los teólogos, continuadores del servicio de los doctores, han mantenido una colaboración indudablemente fructuosa para la vida de la Iglesia. En determinados momentos esa colaboración se ha hecho particularmente intensa. El resultado han sido acontecimientos decisivos para la renovación del Pueblo de Dios. Pensemos en lo que ha sido, desde ese punto de vista, el Concilio de Trento o el propio Concilio Vaticano II. Por el contrario, el distanciamiento y debilitamiento en esta colaboración lo podemos descubrir en momentos de decadencia de la vida cristiana o en situaciones de tensión que han llevado hasta la ruptura de la Comunidad. Sería bueno prestar atención a las lecciones que nos da la historia.Empezamos este artículo recordado en epígrafe unas palabras de Juan Pablo II a los teólogos españoles reunidos en Salamanca. Ahora, al final, se puede comprender mejor todo su alcance: "Magisterio y Teología tienen una función diversa. Por eso no pueden ser reducidos el uno al otro. Pero no son dos tareas opuestas, sino complementarias... Por ello, el Magisterio y la Teología deberán permanecer en un diálogo, que resultará fecundo para los dos y para el servicio de la comunidad cristiana".12 Complementariedad de funciones, actitud permanente de diálogo, que requiere cercanía y aprecio mutuo, al servicio de la Iglesia, a la que hay que amar, lo recordaba entonces el Papa, "con corazón apasionado".

JOAQUÍN LOSADASAL TERRAE 1988/05. Págs. 357-370

...................1. J. RATZINGER V. - MESSORI, lnforme sobre la fe, Madrid 1985, p. 79.
2. Cf. F. SEBASTIAN. "Las ambigüedades del progresismo": Ecclesia (9-16 abril 1988), pp. 6-9.3.
El concilio de Trento afirma, sin más, la primacía de la función de predicar. El Vaticano II la presenta como "una de las principales funciones" del Obispo.
4. JUAN PABLO II, "Discurso a los teólogos", en Juan Pablo II en España, Madrid 1982, p. 36.
5. OBISPOS ALEMANES, "El laico en la Iglesia y en el mundo": Ecclesia 2300 (1987), p. 39.
6. VATICANO II. Constitución "Gaudium et Spes", 62.
7. J RATZINGER-V. MESSORI, op. cit., p. 42.
8. JUAN PABLO II. Carta Encíclica Dives in Misericordia (espec. n. 15).
9. F SEBASTIAN, art. cit.. n. 6.
10. JUAN PABLO II, "Discurso a los teólogos". Ioc. cit.. p. 36.11. Idem, p. 3912. Idem, ibid.

viernes, 18 de enero de 2008

DEI VERBUM

(Sobre la divina revelación)
Proemio
1. El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace cuya la frase de San Juan, cuando dice: "Os anunciamos la vida terna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros,y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn., 1,2-3). Por tanto siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame.
CAPITULO I
LA REVELACION EN SI MISMA Naturaleza y objeto de la revelación
2. Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de DIos y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación
Preparación de la revelación evangélica
3. Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida terna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de una gran pueblo, al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio.
Cristo lleva a su culmen la revelación
4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).
La revelación hay que recibirla con fe
5. Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.Las verdades reveladas6. Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles los bienes divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana".Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criaturas"; pero enseña que hay que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano.
CAPITULO II
TRANSMISION DE LA RELEVACION DIVINA
Los Apóstoles y sus sucesores, heraldo del Evangelio
7. Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2).
La Sagrada Tradición
8. Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16).
Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura9.
Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad.
Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio
10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas.
CAPITULO III
INSPIRACION DIVINA DE LA SAGRADA ESCRITURA Y SU INTERPRETACION
Se establece el hecho de la inspiración y de la verdad de la Sagrada Escritura
11. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras que nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17).
Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura
12. Habiendo, pues, hablando Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos.Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a "los géneros literarios". Puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras diversas en los textos de diverso género: histórico, profético, poético o en otros géneros literarios. Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia según la condición de su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época. Pues para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres.Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Es deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como en un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Por que todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios.
Condescendencia de Dios
13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable "condescendencia" de la sabiduría eterna, "para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.
CAPITULO IV
EL ANTIGUO TESTAMENTO
La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento
14. Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas. Hecho, pues, el pacto con Abraham y con el pueblo de Israel por medio de Moisés, de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las gentes.La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor perenne: "Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza" (Rom. 15,4).
Importancia del Antiguo Testamento para los cristianos
15. La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. mas los libros del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación.Unidad de ambos Testamentos16. Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo.
CAPITULO V
EL NUEVO TESTAMENTO
Excelencia del Nuevo Testamento
17. La palabra divina que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, se presenta y manifiesta su vigor de manera especial en los escritos del Nuevo Testamento. Pues al llegar la plenitud de los tiempos el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Cristo instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y con la misión del Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos a Sí mismo, El, el único que tiene palabras de vida eterna. pero este misterio no fue descubierto a otras generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio perenne y divino.
Origen apostólico de los Evangelios
18. Nadie ignora que entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador.La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro Evangelios tienen origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, fundamento de la fe, es decir, el Evangelio en cuatro redacciones, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Carácter histórico de los Evangelios
19. La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc., 1,2-4).
Los restantes escritos del Nuevo Testamento
20. El Canon del Nuevo Testamento, además de los cuatro Evangelios, contiene también las cartas de San Pablo y otros libros apostólicos escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, con los cuales, según la sabia disposición de Dios, se confirma todo lo que se refiere a Cristo Señor, se declara más y más su genuina doctrina, se manifiesta el poder salvador de la obra divina de Cristo, y se cuentan los principios de la Iglesia y su admirable difusión, y se anuncia su gloriosa consumación.El Señor Jesús, pues, estuvo con los Apóstoles como había prometido y les envió el Espíritu Consolador, para que los introdujera en la verdad completa (cf. Jn., 16,13).
CAPITULO VI
LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
La Iglesia venera las Sagradas Escrituras
21. la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".
Se recomiendan las traducciones bien cuidadas
22. Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos.
Deber de los católicos doctos
23. La esposa del Verbo Encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanzas; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los Santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las Sagradas Liturgias.Los exegetas católicos, y demás teólogos deben trabajar, aunando diligentemente sus fuerzas, para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio, con los instrumentos oportunos, de forma que el mayor número posible de ministros de la palabra pueden repartir fructuosamente al Pueblo de Dios el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios.El Sagrado Concilio anima a los hijos de la Iglesia dedicados a los estudios bíblicos, para que la obra felizmente comenzada, renovando constantemente las fuerzas, la sigan realizando con todo celo, según el sentir de la Iglesia.
Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología
24. La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuo en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios;por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura.
Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura
25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina.De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo", con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. "Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo". Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia,llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. peor no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque "a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas.Incumbe a los -prelados, "en quienes está la doctrina apostólica, instruir oportunamente a los fieles a ellos confiados, para que usen rectamente los libros sagrados, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios por medio de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu.Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad.
Epílogo
26. Así, pues, con la lectura y el estudio de los Libros Sagrados "la palabra de Dios se difunda y resplandezca" y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que "permanece para siempre" (Is., 40,8; cf. 1 Pe., 1,23-25).Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Constitución Dogmática han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.