martes, 22 de enero de 2008

TEOLOGÍA Y MAGISTERIO EN LA IGLESIA, UNAS RELACIONES DIFÍCILES
JOAQUÍN LOSADA Prof. de Eclesiología. Univ. Comillas. Madrid

«Magisterio y Teología... no son dos tareas opuestas, sino complementarias... Por ello el Magisterio y la Teología deberán permanecer en diálogo." Juan Pablo II

Más que una reflexión teórica sobre las reglas de juego que debieran regir las relaciones del Magisterio con la Teología en el interior de la Iglesia, nuestro punto de vista, de acuerdo con el problema planteado en este número de Sal Terrae, quiere ser concreto, atento a las peripecias de unas relaciones difíciles, frecuentemente conflictivas, a veces escandalosas, entendiendo la palabra en su sentido propio de "tropiezo"; tropiezo para la conciencia de pertenencia a la Iglesia de muchos cristianos y factor de distanciamientos prácticos. No se puede olvidar que uno de los componentes más importantes de los procesos que han llevado a las grandes rupturas de la unidad que ha padecido la Iglesia en su historia, ha sido de índole doctrinal. Conflicto duro y crispado entre teólogos y un Magisterio autoritativo que, muchas veces, el paso del tiempo ha dejado al descubierto como apasionado y sin razón.Pero no vamos a detenernos en el recuerdo de los viejos conflictos históricos, aunque sus consecuencias dolorosas sigan haciéndose sentir en nuestros días. Nos centraremos en la situación de la Iglesia posconciliar y de nuestra Iglesia española en particular. Una Iglesia que ha vivido un verdadero "boom" de brillante docencia magisterial de Papas y Obispos, seguramente más abundante que en cualquier otro momento de su historia: enseñanzas de Conferencias episcopales regionales, nacionales y continentales, Sínodos de Obispos, documentos del Papa y de las Congregaciones romanas... Al mismo tiempo, esta misma Iglesia ha padecido los dramas personales de teólogos como H. Küng, G. Gutiérrez, L. Boff, Ch. Curran, E. Schillebeeckx, para citar los casos más clamorosos, enfrentados a procesos sobre la ortodoxia de su pensamiento teológico. Estos nombres son sólo la punta visible de un "iceberg" que se extiende, prácticamente, a todas las Facultades de Teología del mundo. Difícilmente podrá encontrarse alguna que no haya experimentado en estos años, en algún momento y en alguno de sus miembros, el conflicto con un Magisterio receloso ante los empeños de algunos de sus mejores teólogos."Parece que ahora el teólogo —avisaba hace poco tiempo el cardenal Ratzinger— quiere ser a toda costa 'creativo', pero su verdadero cometido es profundizar, ayudar a comprender y a anunciar el depósito común de la fe, no crear".1 Ahí está una de las raíces del conflicto. No hay acuerdo sobre el papel que el teólogo debe asumir en la vida de la Iglesia. En otros términos los Obispos españoles, a juzgar por recientes declaraciones y escritos de altos representantes de la Conferencia episcopal, apuntan su inquietud en la misma dirección. Denuncian el "progresismo" de unos teólogos que, en su apertura al mundo secular, ponen en peligro la esencia de la fe cristiana.2 Los teólogos, sin embargo, creen ser fieles a su identidad, a su misión y a la doctrina del Concilio Vaticano II cuando se esfuerzan por dialogar con la cultura de su tiempo. Esta es la situación problemática que queremos estudiar y analizar. Hay que reencontrar el sano equilibrio de ministerios y funciones, que refleje el vigor de una Iglesia renovada en la totalidad de su cuerpo. Hay que preocuparse eficazmente por la credibilidad de nuestro testimonio ante los hombres de nuestro tiempo.1 Factores determinantes de la situaciónSe trata, ante todo, de intentar hacer un diagnóstico convincente y que, de alguna manera, ponga al descubierto las causas profundas que provocan el frecuente conflicto entre el Magisterio y la Teología. Cuando el fenómeno patológico se repite una y otra vez, en diferentes circunstancias eclesiales y culturales, hasta el punto de convertirse en un estado de tensión permanente, hay que suponerle unas causas, entrañadas en la misma estructura funcional de la Iglesia actual, que lo hacen nacer y renacer, independientemente de cualquier circustancia cambiante. ¿Cuáles pueden ser esos factores estructurales del conflicto? El análisis de la identidad y del funcionamiento concreto de los dos servicios, Magisterio y Teología, tal como son reconocidos y actúan hoy en la Iglesia, nos abrirá el camino para su determinación.Las dos funciones, Magisterio y Teología, tienen hoy una identidad bien definida y reconocida en la vida de la Iglesia. "Los Obispos, sucesores de los apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el evangelio a toda creatura" (LG 24). Ese es su primer deber, el rasgo dominante que debe caracterizar su presencia en la vida de la comunidad cristianasEl dinamismo de la fe, que acoge la Palabra revelada por Dios y busca su plena comprensión, es lo que da origen y fundamenta la tarea del teólogo. "Fides quaerens intellectum, intellectus quaerens fidem", "la fe, que busca la comprensión, la inteligencia, que busca la fe". Lo explicaba en Salamanca Juan Pablo II en los siguientes términos:"La fe es la raíz vital y permanente de la teología, que brota precisamente del preguntar y buscar, intrínsecos a la misma fe, es decir de su impulso a comprenderse a sí misma, tanto en su opción, radicalmente libre, de adhesión personal a Cristo. cuanto en su asentimiento al contenido de la revelación cristiana. Hacer teología es, pues, una tarea propia exclusivamente del creyente en cuanto creyente, una tarea vitalmente suscitada y en todo momento sostenida por la fe, y por eso es pregunta y búsqueda ilimitada.» 4La función teológica aparece de este modo estrechamente enraizada en las exigencias del hecho mismo de la fe cristiana: la Palabra de Dios revelada, su captación y aceptación por la comunidad creyente y su proclamación a todos los hombres y a todas las culturas. Esa radicalidad fundamental del quehacer teológico es la explicación de la presencia de "profetas y maestros", hoy diríamos "teólogos", desde los tiempos apostólicos (cf. Act 13,1).Las dos funciones aparecen estrechamente vinculadas con el hecho de la revelación de Dios en Jesucristo, al servicio de la Palabra revelada en él y por él, de su creciente comprensión y asimilación y de su proclamación a todos los pueblos. Coinciden, pues, ambas en el mismo campo de actividad. Podríamos decir que, dentro de la estructura funcional de la Iglesia, se encuentran colindantes. Esta localización estructural facilita y multiplica, inevitablemente, los contactos y encuentros de las dos funciones, pero también, en la misma medida, potencia las posibilidades de roces y de choques.Sería encerrarse en una visión parcial de las cosas limitarse a este primer plano de identificación de estas dos funciones de servicio a la Palabra de Dios revelada, por muy importantes que se nos presenten. El Concilio Vaticano II comprende todas las diversificaciones funcionales que se dan dentro de la Comunidad cristiana en el marco de una visión global de la Iglesia como Pueblo de Dios que prolonga en la historia, todo él, la triple función de Cristo, sacerdotal, profética y real. Es en ese horizonte más amplio donde hay que localizar todo un diversificado sistema de "servicio a la Palabra", que afecta a todos los fieles y los compromete en la continuidad de la función profética de Cristo hasta el fin de los tiempos. Magisterio y Teología están insertos en ese "sistema funcional profético"; forman parte de él y deben ser comprendidos como tales. Una parte importante, sin duda, pero que nunca debiera pretender imponerse y sustituir a la totalidad. Deben integrarse, en comunión y en servicio, dentro de todo el sistema profético, en el que hay que dar un puesto particularmente relevante al "sensus fidei" de los fieles y a todas las formas vivas y carismas en que este "sentido de la fe" de los creyentes se manifiesta en cada momento en la vida de la Iglesia.En este necesario proceso de integración de los distintos servicios y ministerios en la comunión eclesial, es de capital importancia tener en cuenta los principios operativos derivados de la comunión, y en concreto, el "principio de prioridad comunitaria" que, en un reciente documento sobre el laicado, recordaban los Obispos alemanes: "Los dones y los cometidos que han sido confiados a todos conjuntamente, comunitariamente, son primarios respecto a toda diversidad, por significativa que pueda ser".5 Prioridad de lo común y comunitario que exige a las funciones singulares, sean las que sean (en nuestro caso al Magisterio y a la Teología), una actitud fundamental de atención y subordinación al todo del cuerpo eclesial, al que deben servir.Integrados en el sistema general de servicio a la Palabra de Dios, la acción del Magisterio y de la Teología, como la de todo el Pueblo de Dios, no debe ser nunca la de un mero instrumento pasivo y reiterativo, sino un servicio personal y comunitario, responsable y activo, en el que la libertad del Espíritu, "que habló por los profetas", se conjuga con la libertad del hombre histórico, que en las variables situaciones socioculturales acoge la Palabra de Dios por la fe. En esta conjunción de lo divino y lo humano, considerada como mediación que varía en función de la diversidad de tiempos y de culturas, la Palabra de Dios sigue encontrando a los hombres. Esto quiere decir que, aunque la Palabra haya sido dicha plena y definitivamente en el Hijo y por el Hijo Jesucristo, su traducción y comprensión en las distintas circunstancias histórico-culturales deberá ser el quehacer concreto y personal de las mediaciones históricas de una Iglesia que es "sacramento universal de salvación" (LG 48). En el encuentro coloquial de Dios con la humanidad, en que, según el Concilio, se realiza la Revelación de Dios (cf.DV 2), tienen su puesto y encuentran el sentido de su función tradicional y creativo tanto el Magisterio como la Teología.Desde esta perspectiva de servicio mediador de la Palabra revelada hay que comprender el objetivo concreto del magisterio de los Obispos y de la reflexión de los teólogos. El ministerio magisterial de los Obispos aparece en las Comunidades cristianas como garantía de seguridad y de fidelidad a lo enseñado por los Apóstoles en el momento transicional en que el cristianismo naciente tiene que afrontar el paso de la generación apostólica, fundamentada en el testimonio directo de los testigos oculares, a la situación postapostólica, en la que estos testigos ya han desaparecido. Es entonces cuando los Obispos "suceden" a los Apóstoles en la garantía de la verdad revelada y transmitida por los Apóstoles, y en el compromiso en el cumplimiento de la misión confiada por Cristo a su Iglesia. Se trata, pues, de un ministerio caracterizado por su dedicación a garantizar la continuidad con los orígenes y la autenticidad de la doctrina recibida. Ese es el rasgo dominante de su identidad ministerial y, consiguientemente, su función principal en la estructura ministerial de la Iglesia. Una garantía que se presenta y actúa no sólo en la proclamación de la Buena Nueva y en la explicación a la Comunidad cristiana de la doctrina recibida, como lo habían hecho los Apóstoles, sino en una función de "vigilantes", "episcopoi", en la propia Iglesia particular, "en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como obispos para pastorear la Iglesia de Dios" (Act 20,28), en el momento en que esos Apóstoles, testigos y cimiento sobre el que se construye la Iglesia (cf. Ef 2,20), dejan de estar visiblemente presentes en la comunidad.El servicio de los teólogos se manifiesta históricamente en relación con lo que podríamos llamar "proceso de negociación de identidad" social y cultural, en el que tiene que entrar la comunidad de los discípulos de Jesús al verse obligada a identificarse y situarse primero en el contexto del judaísmo palestino, muy pronto también en el mundo de la cultura greco-romana. ¿Qué significan Jesús y su mensaje en el contexto apocalíptico de la espera de la llegada inminente del Reino de Dios? ¿Qué valor tienen su muerte y resurrección en el mundo judío de la espera escatológica? ¿Qué sentido tiene su persona, su mensaje, la comprensión del cristianismo palestino, en el mundo grecoromano, fuera de la concepción apocalíptica de la historia cuestionada, por otra parte, a causa de la dilación de la parusía? La reflexión de "los maestros", "los teólogos", intenta dar una respuesta a estas preguntas-clave para encontrar sentido a la fe cristiana ya desde sus mismos orígenes. "Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón ('logon') de vuestra esperanza" (1 Pet 3,15). El "logos" de la esperanza cristiana, cuestionada en las distintas situaciones históricas, es e' "logos" que busca el "teólogo" y que ofrece la "Teología" a los creyentes y a las preguntas formuladas por cada tiempo y cada cultura."Naturalmente, los dos servicios, Magisterio y Teología, siguen manteniendo su identidad y su razón de ser en las circunstancias históricas que, a partir de la Ilustración, vive la Iglesia en su encuentro con el mundo moderno. La afirmación de relevancia de la fe cristiana en un mundo secularizado y la necesidad de una "negociación de identidad" y de "dar razón de nuestra esperanza" se ha hecho apremiante para la Teología. La necesidad de un reforzamiento de la actitud de vigilancia que garantice la fidelidad y la continuidad con la tradición viva se hace sentir con particular intensidad ante la sucesión de problemas nuevos y de caminos inciertos que se abren cada día ante la humanidad y ante la Iglesia. Esta situación da una particular importancia y actualidad a los servicios de Teología y Magisterio. Pero es precisamente ahora cuando, en lugar de una esperada y abierta colaboración de los dos servicios, nos encontramos con un distanciamiento creciente, una atmósfera cargada y tensa y el frecuente estallido de conflictos abiertos entre el Magisterio oficial y teólogos que intentan la reflexión teológica en la frontera con nuestro mundo. ¿Se trata de las consecuencias inevitables de una situación de emergencia que pide actitudes y actuaciones extraordinarias? ¿Hay que aceptar la situación fatalmente como exigencias normales de la vida eclesial? ¿Nos encontramos ante un planteamiento equivocado que hay que rectificar, una situación anormal que necesita ser clarificada y ordenada, para que ambos servicios funcionen de un modo correcto y satisfactorio? Es esta última hipótesis la que creo que responde a la realidad.2. Las oscuridades de una situación conflictivaEl encuentro con la modernidad ha constituido un verdadero reto para toda la Teología cristiana. La Teología católica no ha sido ninguna excepción. No se trata de un desafío ideológico de confrontación de dos concepciones del mundo alternativas. Lo que está en juego es algo mucho más vital e importante. Se trata de la proclamación del mensaje cristiano, de su sentido para el hombre actual y de la posibilidad de su aceptación por la fe. Una vez más, la Iglesia ha de dar razón de su esperanza a los que le preguntan por su fe. Sin embargo, el cumplimiento de ese imperativo de todo creyente, pero que afecta de un modo singular al ministerio del teólogo, entraña un conjunto de contradicciones y oscuridades que, en buena medida, son causa de conflictos para la Teología y que necesitan una urgente clarificación.2.1. "¿Invitación de compromiso?". El Concilio Vaticano II, Magisterio en su forma más autorizada, supuso para la Teología una confirmación indiscutible de su empeño por responder a las cuestiones de nuestro tiempo. La constitución "Gaudium et Spes" se situó ante el mundo de un modo nuevo. Expresó su cercanía al mundo y a sus problemas, su solidaridad con todas sus aspiraciones y preocupaciones, su disponibilidad total para un diálogo franco y abierto, en el que la misma Iglesia se manifestaba deseosa de aprender del mundo y ofrecía su colaboración en orden a encontrar una solución a los problemas que angustian a la humanidad. A esta actitud de acercamiento y diálogo el Concilio invita también a la Teología:«Los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época, porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado... La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitarle a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un mas pleno conocimiento de la fe... Pero, para que puedan llevar a buen término su tarea, debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer, humilde y valientemente, su manera de ver en los campos que son de su competencia.»6Respondiendo a esta invitación del Magisterio solemne del Concilio ecuménico, la Teología posconciliar se comprometió en ese camino de búsqueda de nuevas formas de comunicación de la doctrina de fe cristiana, de mantenimiento de contacto y de diálogo con los hombres de nuestro tiempo, de uso de una justa libertad de investigación, de pensamiento y de expresión de los propios puntos de vista. Pero lo que ha sucedido frecuentemente en estos años es que la Teología ha resultado un "invitado Incómodo", al presentarse en el ámbito público de la Iglesia con las condiciones que el mismo Magisterio conciliar le había fijado en el protocolo de su "tarjeta de invitación": "buscar un modo más apropiado de comunicar su doctrina a los hombres de su época", "sin perder contacto con su tiempo", usando de la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer, humilde y valerosamente su manera de ver". La Teología invitada presenta su tarjeta de invitación y de identificación perfectamente en regla. ¿Se le puede cerrar la puerta, sin más? ¿Qué razones válidas o disculpas se pueden dar por los que tienen la responsabilidad de la puerta de entrada? ¿Es que ha habido un error en la invitación a la Teología, hecha con tanta solemnidad por el Magisterio del Concilio? Esta es la oscuridad primera que necesita ser clarificada. Ratificar o anular una invitación que ha lanzado y animado la acción de la Teología de nuestro tiempo.2.2. "Apertura a distancia". La nueva actitud de la Iglesia ante el mundo, su apertura al mundo moderno, es una de las grandes enseñanzas del Concilio Vaticano II. Su expresión más rica y autorizada la encontramos en la constitución "Gandium et Spes" ."La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia". "Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (GSp 1). "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio" (GSp 4). "Avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios" (GSp 40). "Los cristianos, recordando la palabra del Señor: 'en esto conocerán todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis' (Jn 3,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy" (GSp 93).De entonces acá han pasado casi veinticinco años ricos y tensos. Parece que el mundo, al que la Iglesia había abierto sus puertas de par en par, no ha resultado tan inocente y honorable como, al parecer de algunos, habían imaginado los Padres conciliares, "algunos de los cuales pudo parecer, tal vez, que se dejaron ganar por aquel optimismo un poco ingenuo de aquellos tiempos, un optimismo que, en la perspectiva actual, nos parece poco crítico y realista".7La mayor parte de la Teología posconciliar asumió decididamente esa actitud fundamental del Concilio y de la constitución "Gaudium et Spes", que la doctrina conciliar había establecido sobre una sólida teología del Dios Creador, del Verbo Encarnado y de la Historia de la salvación. Consecuentemente, estos teólogos se han esforzado por mantenerse siempre cercanos y solidarios con el mundo, como lo habla pedido el Concilio, aunque este mundo no fuese ya la humanidad esperanzada de los años conciliares, sino un mundo endurecido y escéptico, como consecuencia de la serie encadenada de crisis económicas, sociales, políticas y culturales. Por otra parte, hay que precisar que esta nueva realidad mundana no está ausente del mundo y de la previsión de futuro de la "Gaudium et Spes". Por eso no es lícito pensar que el cambio producido pueda invalidar los principios enseñados por la constitución, ni mucho menos anular su mensaje de misericordia y de esperanza. Al contrario, ante la nueva situación del mundo, la lógica del pensamiento conciliar, que es la lógica del evangelio, debe llevarnos a una mayor proximidad y a una mirada de mayor comprensión y misericordia. Pensemos en la lectura que tiene en estos momentos la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37). Y en este mismo sentido encuentra una nueva actualidad la carta "Dives in misericordia" de Juan Pablo II.8Por eso resultan desconcertantes puntos de vista en los que se presenta a un llamado "sector progresista" de la Teología española como pretendiendo fundamentar su postura teológica en el Concilio Vaticano II, en la constitución "Gaudium et Spes" y en la invitación al diálogo con el mundo, hecha por Pablo VI, mientras se justifica una actitud de distanciamiento y confrontación, refiriéndose a "un vuelco cultural", "cultura dominante... de la contestación", descrita con un impresionante conjunto de rasgos negativos. El diálogo y acercamiento a este mundo pone en peligro la misma esencia de la fe cristiana 9 Hay que decir, sin embargo, que una lectura atenta del capítulo primero de la constitución "Gaudium et Spes" pone en evidencia que el mundo que el Concilio tiene presente, con el que afirma su voluntad de diálogo y con el que se siente solidario, no se diferencia del nuestro. Es y sigue siendo el mismo mundo necesitado de salvación, al que Dios amó de tal modo que le entregó su HiJo único (cf. Jn 3,16).Ante esta situación, la necesidad de una clarificación vuelve a hacerse urgente. Un amplio sector de teólogos, que no se sienten identificados como "progresistas", en el sentido peyorativo que va adquiriendo el término dentro del lenguaje eclesiástico, parecen no coincidir con la forma de ver, valorar y, consiguientemente, actuar ante el mundo actual que tiene un importante sector de representantes del Magisterio. Estos teólogos se identifican con el pensamiento conciliar y con su llamada a un sincero diálogo con el mundo. Piensan que en su actitud están sirviendo fielmente al Magisterio en su forma más elevada, el Concilio ecuménico. No cabe duda que esta divergencia de opiniones tiene una fuerte incidencia en las relaciones Magisterio y Teología. De ahí la conveniencia de dar una respuesta a preguntas como éstas: ¿sigue teniendo validez en la Iglesia actual la actitud ante el mundo moderno asumida por el Concilio Vaticano II en la constitución "Gaudium et Spes"?; los cambios que se han producido en la sociedad moderna en el período posconciliar ¿justifican un cambio de postura en la Iglesia? Creo que, en último término, lo que está en juego es la permanencia del Concilio con todo su significado de honda conversión y renovación de la vida de la Iglesia. En este nivel de la cuestión hay que afirmar que las instancias más altas del Magisterio de la Iglesia (Papa, Sínodos de Obispos) enseñan tajantemente la continuidad y validez de un Concilio al que se le sigue reconociendo como la gran gracia que Dios ha hecho a nuestro tiempo.2.3. "Crear repitiendo". La paradoja de este epígrafe expresa el sentido que tiene el quehacer del teólogo en la Iglesia, de acuerdo con la ambigüedad de la situación en que se le quiere colocar hoy. ¿Explicar y repetir lo que ya está dado, o crear y buscar una mayor comprensión de la fe? ¿Explicación de la verdad revelada y enseñada por el Magisterio auténtico, o esfuerzo creativo, que reflexiona sobre la fe tradicional para hacerla más comprensible y cercana a los hombres de hoy? Lo grave de la pregunta es que el sentido de la tarea, que se espera que haga el teólogo, define su "rol" en la Iglesia y, consiguientemente, su identidad ministerial. Y al contrario, la falta de definición del sentido de su quehacer en la Iglesia oscurece su "rol" y desdibuja su identidad. De ahí las serias consecuencias que tiene esta definición y la urgencia de una clarificación.Hemos recordado anteriormente el punto de vista del cardenal Ratzinger sobre el sentido que debe tener el trabajo del teólogo en la Iglesia. Según él, hoy el teólogo quiere ser, a toda costa, creativo, pero su verdadero cometido no es el de crear, sino el de profundizar, ayudar a comprender y a anunciar el depósito común de la fe. Se teme que su afán creativo desintegre la fe común "en una serie de escuelas y corrientes a menudo contrapuestas". Además hay que tener en cuenta "el desconcierto" del pueblo de Dios ante la pluralidad de pensamiento y de opiniones resultantes del esfuerzo creativo de la Teología. Pero también habría que preguntarse si ese posible desconcierto del pueblo de Dios ante una pluralidad de opiniones, dentro de la unidad esencial, no puede ser mayor desconcierto y desamparo ante un pensamiento monolítico que ignora los nuevos problemas, las nuevas situaciones y los nuevos caminos que cada día se abren ante el creyente y que necesita andar. Por otra parte, volviendo la mirada al pasado de la Iglesia, ¿es que no aparece desde los primeros momentos una rica pluralidad en la comprensión de un Misterio revelado, que no puede agotar ningún entendimiento humano? ¿No es la pluralidad un reflejo necesario de la pluriforme Sabiduría de Dios?Ratzinger destaca acertadamente el carácter de "servicio eclesial", que es propio de la Teología. Esta eclesialidad del servicio teológico implica su inserción e integración en la estructura ministerial de la Iglesia y su incuestionable subordinación a la Palabra de Dios revelada, a la Tradición viva de la Iglesia, al pueblo de Dios, al que debe servir, y a la autoridad de un Magisterio auténtico, al que ha sido encomendado "el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios" (DV 10). Pero la cuestión se plantea en el modo en que la Teología ha de cumplir tal "servicio eclesial". Juan Pablo II, hablando a los teólogos españoles reunidos en Salamanca con motivo de su viaje a España, después de haber recordado a los grandes maestros que en el pasado enseñaron en aquella universidad, decía:"Por eso, en los tiempos nuevos y difíciles que estamos viviendo, los teólogos de aquella época siguen siendo maestros para vosotros, en orden a lograr una renovación tan creativa como fiel, que responda a las directrices del Vaticano II, a las exigencias de la cultura moderna y a los problemas más profundos de la humanidad actual.La función esencial y específica de! quehacer teológico no ha cambiado ni puede cambiar."10El Papa hace, pues, una explícita invitación a la creatividad de los teólogos actuales, conforme al modelo de los grandes maestros del pasado. Una creatividad que debe ejercerse siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II. Sin duda, se refiere a las orientaciones ofrecidas por la constitución "Gaudium et Spes" cuando pide a los teólogos "buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época", utilizar las ciencias del hombre, mantener una estrecha unión con los hombres de su tiempo, esforzarse por comprender la cultura actual y el uso de una justa libertad de investigación, de pensamiento y de expresión (cf. GSp 62). Creatividad en el método teológico y en la problemática planteada, señalaba el Papa en los teólogos del siglo XVI. Esa es la creatividad que hoy debe vivir la Teología. Junto con ella, la fidelidad a la Iglesia de Cristo. Fidelidad creativa que responda a "las exigencias de la cultura moderna y a los problemas más profundos de la humanidad actual". Teología situada en la frontera de un mundo nuevo y una nueva cultura que está ya aquí mismo. Esta tarea, que, si se asume de modo responsable, es absolutamente seria e importante, diríamos esencial, para el cumplimiento de la misión de la Iglesia, le pide al teólogo un decidido talante creativo y una fidelidad a toda prueba. "Sabed ser creativos cada día...", pedía el Papa a los teólogos españoles en Salamanca 11. Pero el cumplimiento de esta petición exige una libertad que es condición indispensable para todo empeño creativo, y requiere también una confianza y un respaldo a la tarea teológica por parte de la Iglesia que ahuyente los miedos paralizadores. Y muchos de los teólogos actuales tienen la penosa impresión de que ambas exigencias, libertad y confianza, se están debilitando notablemente en los últimos tiempos. Si esto es así, hay que decir que una de las tareas más urgentes que en estos momentos tiene ante sí la Iglesia es la de devolver confianza y libertad a la Teología.
3. Conclusión En el Nuevo Testamento y en los escritos postapostólicos aparecen frecuentemente unidos los ministerios de "apóstoles y doctores" como dos servicios prioritarios en la vida de las primeras comunidades cristianas. En la larga historia de la Iglesia los obispos, sucesores de los apóstoles, y los teólogos, continuadores del servicio de los doctores, han mantenido una colaboración indudablemente fructuosa para la vida de la Iglesia. En determinados momentos esa colaboración se ha hecho particularmente intensa. El resultado han sido acontecimientos decisivos para la renovación del Pueblo de Dios. Pensemos en lo que ha sido, desde ese punto de vista, el Concilio de Trento o el propio Concilio Vaticano II. Por el contrario, el distanciamiento y debilitamiento en esta colaboración lo podemos descubrir en momentos de decadencia de la vida cristiana o en situaciones de tensión que han llevado hasta la ruptura de la Comunidad. Sería bueno prestar atención a las lecciones que nos da la historia.Empezamos este artículo recordado en epígrafe unas palabras de Juan Pablo II a los teólogos españoles reunidos en Salamanca. Ahora, al final, se puede comprender mejor todo su alcance: "Magisterio y Teología tienen una función diversa. Por eso no pueden ser reducidos el uno al otro. Pero no son dos tareas opuestas, sino complementarias... Por ello, el Magisterio y la Teología deberán permanecer en un diálogo, que resultará fecundo para los dos y para el servicio de la comunidad cristiana".12 Complementariedad de funciones, actitud permanente de diálogo, que requiere cercanía y aprecio mutuo, al servicio de la Iglesia, a la que hay que amar, lo recordaba entonces el Papa, "con corazón apasionado".

JOAQUÍN LOSADASAL TERRAE 1988/05. Págs. 357-370

...................1. J. RATZINGER V. - MESSORI, lnforme sobre la fe, Madrid 1985, p. 79.
2. Cf. F. SEBASTIAN. "Las ambigüedades del progresismo": Ecclesia (9-16 abril 1988), pp. 6-9.3.
El concilio de Trento afirma, sin más, la primacía de la función de predicar. El Vaticano II la presenta como "una de las principales funciones" del Obispo.
4. JUAN PABLO II, "Discurso a los teólogos", en Juan Pablo II en España, Madrid 1982, p. 36.
5. OBISPOS ALEMANES, "El laico en la Iglesia y en el mundo": Ecclesia 2300 (1987), p. 39.
6. VATICANO II. Constitución "Gaudium et Spes", 62.
7. J RATZINGER-V. MESSORI, op. cit., p. 42.
8. JUAN PABLO II. Carta Encíclica Dives in Misericordia (espec. n. 15).
9. F SEBASTIAN, art. cit.. n. 6.
10. JUAN PABLO II, "Discurso a los teólogos". Ioc. cit.. p. 36.11. Idem, p. 3912. Idem, ibid.

viernes, 18 de enero de 2008

DEI VERBUM

(Sobre la divina revelación)
Proemio
1. El Santo Concilio, escuchando religiosamente la palabra de Dios y proclamándola confiadamente, hace cuya la frase de San Juan, cuando dice: "Os anunciamos la vida terna, que estaba en el Padre y se nos manifestó: lo que hemos visto y oído os lo anunciamos a vosotros, a fin de que viváis también en comunión con nosotros,y esta comunión nuestra sea con el Padre y con su Hijo Jesucristo" (1 Jn., 1,2-3). Por tanto siguiendo las huellas de los Concilios Tridentino y Vaticano I, se propone exponer la doctrina genuina sobre la divina revelación y sobre su transmisión para que todo el mundo, oyendo, crea el anuncio de la salvación; creyendo, espere, y esperando, ame.
CAPITULO I
LA REVELACION EN SI MISMA Naturaleza y objeto de la revelación
2. Dispuso Dios en su sabiduría revelarse a Sí mismo y dar a conocer el misterio de su voluntad, mediante el cual los hombres, por medio de Cristo, Verbo encarnado, tienen acceso al Padre en el Espíritu Santo y se hacen consortes de la naturaleza divina. En consecuencia, por esta revelación, dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía. Este plan de la revelación se realiza con hechos y palabras intrínsecamente conexos entre sí, de forma que las obras realizadas por Dios en la historia de la salvación manifiestan y confirman la doctrina y los hechos significados por las palabras, y las palabras, por su parte, proclaman las obras y esclarecen el misterio contenido en ellas. Pero la verdad íntima acerca de DIos y acerca de la salvación humana se nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo mediador y plenitud de toda la revelación
Preparación de la revelación evangélica
3. Dios, creándolo todo y conservándolo por su Verbo, da a los hombres testimonio perenne de sí en las cosas creadas, y, queriendo abrir el camino de la salvación sobrenatural, se manifestó, además, personalmente a nuestros primeros padres ya desde el principio. Después de su caída alentó en ellos la esperanza de la salvación, con la promesa de la redención, y tuvo incesante cuidado del género humano, para dar la vida terna a todos los que buscan la salvación con la perseverancia en las buenas obras. En su tiempo llamó a Abraham para hacerlo padre de una gran pueblo, al que luego instruyó por los Patriarcas, por Moisés y por los Profetas para que lo reconocieran Dios único, vivo y verdadero, Padre providente y justo juez, y para que esperaran al Salvador prometido, y de esta forma, a través de los siglos, fue preparando el camino del Evangelio.
Cristo lleva a su culmen la revelación
4. Después que Dios habló muchas veces y de muchas maneras por los Profetas, "últimamente, en estos días, nos habló por su Hijo". pues envió a su Hijo, es decir, al Verbo eterno, que ilumina a todos los hombres, para que viviera entre ellos y les manifestara los secretos de Dios; Jesucristo, pues, el Verbo hecho carne, "hombre enviado, a los hombres", "habla palabras de Dios" y lleva a cabo la obra de la salvación que el Padre le confió. Por tanto, Jesucristo -ver al cual es ver al Padre-, con su total presencia y manifestación personal, con palabras y obras, señales y milagros, y, sobre todo, con su muerte y resurrección gloriosa de entre los muertos; finalmente, con el envío del Espíritu de verdad, completa la revelación y confirma con el testimonio divino que vive en Dios con nosotros para librarnos de las tinieblas del pecado y de la muerte y resucitarnos a la vida eterna.La economía cristiana, por tanto, como alianza nueva y definitiva, nunca cesará, y no hay que esperar ya ninguna revelación pública antes de la gloriosa manifestación de nuestro Señor Jesucristo (cf. 1 Tim., 6,14; Tit., 2,13).
La revelación hay que recibirla con fe
5. Cuando Dios revela hay que prestarle "la obediencia de la fe", por la que el hombre se confía libre y totalmente a Dios prestando "a Dios revelador el homenaje del entendimiento y de la voluntad", y asistiendo voluntariamente a la revelación hecha por El. Para profesar esta fe es necesaria la gracia de Dios, que proviene y ayuda, a los auxilios internos del Espíritu Santo, el cual mueve el corazón y lo convierte a Dios, abre los ojos de la mente y da "a todos la suavidad en el aceptar y creer la verdad". Y para que la inteligencia de la revelación sea más profunda, el mismo Espíritu Santo perfecciona constantemente la fe por medio de sus dones.Las verdades reveladas6. Mediante la revelación divina quiso Dios manifestarse a Sí mismo y los eternos decretos de su voluntad acerca de la salvación de los hombres, "para comunicarles los bienes divinos, que superan totalmente la comprensión de la inteligencia humana".Confiesa el Santo Concilio "que Dios, principio y fin de todas las cosas, puede ser conocido con seguridad por la luz natural de la razón humana, partiendo de las criaturas"; pero enseña que hay que atribuir a Su revelación "el que todo lo divino que por su naturaleza no sea inaccesible a la razón humana lo pueden conocer todos fácilmente, con certeza y sin error alguno, incluso en la condición presente del género humano.
CAPITULO II
TRANSMISION DE LA RELEVACION DIVINA
Los Apóstoles y sus sucesores, heraldo del Evangelio
7. Dispuso Dios benignamente que todo lo que había revelado para la salvación de los hombres permaneciera íntegro para siempre y se fuera transmitiendo a todas las generaciones. Por ello Cristo Señor, en quien se consuma la revelación total del Dios sumo, mandó a los Apóstoles que predicaran a todos los hombres el Evangelio, comunicándoles los dones divinos. Este Evangelio, prometido antes por los Profetas, lo completó El y lo promulgó con su propia boca, como fuente de toda la verdad salvadora y de la ordenación de las costumbres. Lo cual fue realizado fielmente, tanto por los Apóstoles, que en la predicación oral comunicaron con ejemplos e instituciones lo que habían recibido por la palabra, por la convivencia y por las obras de Cristo, o habían aprendido por la inspiración del Espíritu Santo, como por aquellos Apóstoles y varones apostólicos que, bajo la inspiración del mismo Espíritu, escribieron el mensaje de la salvación.Mas para que el Evangelio se conservara constantemente íntegro y vivo en la Iglesia, los Apóstoles dejaron como sucesores suyos a los Obispos, "entregándoles su propio cargo del magisterio". Por consiguiente, esta sagrada tradición y la Sagrada Escritura de ambos Testamentos son como un espejo en que la Iglesia peregrina en la tierra contempla a Dios, de quien todo lo recibe, hasta que le sea concedido el verbo cara a cara, tal como es (cf. 1 Jn., 3,2).
La Sagrada Tradición
8. Así, pues, la predicación apostólica, que está expuesta de un modo especial en los libros inspirados, debía conservarse hasta el fin de los tiempos por una sucesión continua. De ahí que los Apóstoles, comunicando lo que de ellos mismos han recibido, amonestan a los fieles que conserven las tradiciones que han aprendido o de palabra o por escrito, y que sigan combatiendo por la fe que se les ha dado una vez para siempre. Ahora bien, lo que enseñaron los Apóstoles encierra todo lo necesario para que el Pueblo de Dios viva santamente y aumente su fe, y de esta forma la Iglesia, en su doctrina, en su vida y en su culto perpetúa y transmite a todas las generaciones todo lo que ella es, todo lo que cree.Esta Tradición, que deriva de los Apóstoles, progresa en la Iglesia con la asistencia del Espíritu Santo: puesto que va creciendo en la comprensión de las cosas y de las palabras transmitidas, ya por la contemplación y el estudio de los creyentes, que las meditan en su corazón y, ya por la percepción íntima que experimentan de las cosas espirituales, ya por el anuncio de aquellos que con la sucesión del episcopado recibieron el carisma cierto de la verdad. Es decir, la Iglesia, en el decurso de los siglos, tiende constantemente a la plenitud de la verdad divina, hasta que en ella se cumplan las palabras de Dios.Las enseñanzas de los Santos Padres testifican la presencia viva de esta tradición, cuyos tesoros se comunican a la práctica y a la vida de la Iglesia creyente y orante. Por esta Tradición conoce la Iglesia el Canon íntegro de los libros sagrados, y la misma Sagrada Escritura se va conociendo en ella más a fondo y se hace incesantemente operativa, y de esta forma, Dios, que habló en otro tiempo, habla sin intermisión con la Esposa de su amado Hijo; y el Espíritu Santo, por quien la voz del Evangelio resuena viva en la Iglesia, y por ella en el mundo, va induciendo a los creyentes en la verdad entera, y hace que la palabra de Cristo habite en ellos abundantemente (cf. Col., 3,16).
Mutua relación entre la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura9.
Así, pues, la Sagrada Tradición y la Sagrada Escritura están íntimamente unidas y compenetradas. Porque surgiendo ambas de la misma divina fuente, se funden en cierto modo y tienden a un mismo fin. Ya que la Sagrada Escritura es la palabra de Dios en cuanto se consigna por escrito bajo la inspiración del Espíritu Santo, y la Sagrada Tradición transmite íntegramente a los sucesores de los Apóstoles la palabra de Dios, a ellos confiada por Cristo Señor y por el Espíritu Santo para que, con la luz del Espíritu de la verdad la guarden fielmente, la expongan y la difundan con su predicación; de donde se sigue que la Iglesia no deriva solamente de la Sagrada Escritura su certeza acerca de todas las verdades reveladas. Por eso se han de recibir y venerar ambas con un mismo espíritu de piedad.
Relación de una y otra con toda la Iglesia y con el Magisterio
10. La Sagrada Tradición, pues, y la Sagrada Escritura constituyen un solo depósito sagrado de la palabra de Dios, confiado a la Iglesia; fiel a este depósito todo el pueblo santo, unido con sus pastores en la doctrina de los Apóstoles y en la comunión, persevera constantemente en la fracción del pan y en la oración (cf. Act., 8,42), de suerte que prelados y fieles colaboran estrechamente en la conservación, en el ejercicio y en la profesión de la fe recibida.Pero el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios escrita o transmitida ha sido confiado únicamente al Magisterio vivo de la Iglesia, cuya autoridad se ejerce en el nombre de Jesucristo. Este Magisterio, evidentemente, no está sobre la palabra de Dios, sino que la sirve, enseñando solamente lo que le ha sido confiado, por mandato divino y con la asistencia del Espíritu Santo la oye con piedad, la guarda con exactitud y la expone con fidelidad, y de este único depósito de la fe saca todo lo que propone como verdad revelada por Dios que se ha de creer.Es evidente, por tanto, que la Sagrada Tradición, la Sagrada Escritura y el Magisterio de la Iglesia, según el designio sapientísimo de Dios, están entrelazados y unidos de tal forma que no tiene consistencia el uno sin el otro, y que, juntos, cada uno a su modo, bajo la acción del Espíritu Santo, contribuyen eficazmente a la salvación de las almas.
CAPITULO III
INSPIRACION DIVINA DE LA SAGRADA ESCRITURA Y SU INTERPRETACION
Se establece el hecho de la inspiración y de la verdad de la Sagrada Escritura
11. Las verdades reveladas por Dios, que se contienen y manifiestan en la Sagrada Escritura, se consignaron por inspiración del Espíritu Santo. la santa Madre Iglesia, según la fe apostólica, tiene por santos y canónicos los libros enteros del Antiguo y Nuevo Testamento con todas sus partes, porque, escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, tienen a Dios como autor y como tales se le han entregado a la misma Iglesia. Pero en la redacción de los libros sagrados, Dios eligió a hombres, que utilizó usando de sus propias facultades y medios, de forma que obrando El en ellos y por ellos, escribieron, como verdaderos autores, todo y sólo lo que El quería.Pues, como todo lo que los autores inspirados o hagiógrafos afirman, debe tenerse como afirmado por el Espíritu Santo, hay que confesar que los libros de la Escritura enseñan firmemente, con fidelidad y sin error, la verdad que Dios quiso consignar en las sagradas letras que nuestra salvación. Así, pues, "toda la Escritura es divinamente inspirada y útil para enseñar, para argüir, para corregir, para educar en la justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto y equipado para toda obra buena" (2 Tim., 3,16-17).
Cómo hay que interpretar la Sagrada Escritura
12. Habiendo, pues, hablando Dios en la Sagrada Escritura por hombres y a la manera humana, para que el intérprete de la Sagrada Escritura comprenda lo que El quiso comunicarnos, debe investigar con atención lo que pretendieron expresar realmente los hagiógrafos y plugo a Dios manifestar con las palabras de ellos.Para descubrir la intención de los hagiógrafos, entre otras cosas hay que atender a "los géneros literarios". Puesto que la verdad se propone y se expresa de maneras diversas en los textos de diverso género: histórico, profético, poético o en otros géneros literarios. Conviene, además, que el intérprete investigue el sentido que intentó expresar y expresó el hagiógrafo en cada circunstancia según la condición de su tiempo y de su cultura, según los géneros literarios usados en su época. Pues para entender rectamente lo que el autor sagrado quiso afirmar en sus escritos, hay que atender cuidadosamente tanto a las formas nativas usadas de pensar, de hablar o de narrar vigentes en los tiempos del hagiógrafo, como a las que en aquella época solían usarse en el trato mutuo de los hombres.Y como la Sagrada Escritura hay que leerla e interpretarla con el mismo Espíritu con que se escribió para sacar el sentido exacto de los textos sagrados, hay que atender no menos diligentemente al contenido y a la unidad de toda la Sagrada Escritura, teniendo en cuanta la Tradición viva de toda la Iglesia y la analogía de la fe. Es deber de los exegetas trabajar según estas reglas para entender y exponer totalmente el sentido de la Sagrada Escritura, para que, como en un estudio previo, vaya madurando el juicio de la Iglesia. Por que todo lo que se refiere a la interpretación de la Sagrada Escritura, está sometido en última instancia a la Iglesia, que tiene el mandato y el ministerio divino de conservar y de interpretar la palabra de Dios.
Condescendencia de Dios
13. En la Sagrada Escritura, pues, se manifiesta, salva siempre la verdad y la santidad de Dios, la admirable "condescendencia" de la sabiduría eterna, "para que conozcamos la inefable benignidad de Dios, y de cuánta adaptación de palabra ha uso teniendo providencia y cuidado de nuestra naturaleza". Porque las palabras de Dios expresadas con lenguas humanas se han hecho semejantes al habla humana, como en otro tiempo el Verbo del Padre Eterno, tomada la carne de la debilidad humana, se hizo semejante a los hombres.
CAPITULO IV
EL ANTIGUO TESTAMENTO
La historia de la salvación consignada en los libros del Antiguo Testamento
14. Dios amantísimo, buscando y preparando solícitamente la salvación de todo el género humano, con singular favor se eligió un pueblo, a quien confió sus promesas. Hecho, pues, el pacto con Abraham y con el pueblo de Israel por medio de Moisés, de tal forma se reveló con palabras y con obras a su pueblo elegido como el único Dios verdadero y vivo, que Israel experimentó cuáles eran los caminos de Dios con los hombres, y, hablando el mismo Dios por los Profetas, los entendió más hondamente y con más claridad de día en día, y los difundió ampliamente entre las gentes.La economía, pues, de la salvación preanunciada, narrada y explicada por los autores sagrados, se conserva como verdadera palabra de Dios en los libros del Antiguo Testamento; por lo cual estos libros inspirados por Dios conservan un valor perenne: "Pues todo cuanto está escrito, para nuestra enseñanza, fue escrito, a fin de que por la paciencia y por la consolación de las Escrituras estemos firmes en la esperanza" (Rom. 15,4).
Importancia del Antiguo Testamento para los cristianos
15. La economía del Antiguo Testamento estaba ordenada, sobre todo, para preparar, anunciar proféticamente y significar con diversas figuras la venida de Cristo redentor universal y la del Reino Mesiánico. mas los libros del Antiguo Testamento manifiestan a todos el conocimiento de Dios y del hombre, y las formas de obrar de Dios justo y misericordioso con los hombres, según la condición del género humano en los tiempos que precedieron a la salvación establecida por Cristo. Estos libros, aunque contengan también algunas cosas imperfectas y adaptadas a sus tiempos, demuestran, sin embargo, la verdadera pedagogía divina. Por tanto, los cristianos han de recibir devotamente estos libros, que expresan el sentimiento vivo de Dios, y en los que se encierran sublimes doctrinas acerca de Dios y una sabiduría salvadora sobre la vida del hombre, y tesoros admirables de oración, y en los que, por fin, está latente el misterio de nuestra salvación.Unidad de ambos Testamentos16. Dios, pues, inspirador y autor de ambos Testamentos, dispuso las cosas tan sabiamente que el Nuevo Testamento está latente en el Antiguo y el Antiguo está patente en el Nuevo. Porque, aunque Cristo fundó el Nuevo Testamento en su sangre, no obstante los libros del Antiguo Testamento recibidos íntegramente en la proclamación evangélica, adquieren y manifiestan su plena significación en el Nuevo Testamento, ilustrándolo y explicándolo al mismo tiempo.
CAPITULO V
EL NUEVO TESTAMENTO
Excelencia del Nuevo Testamento
17. La palabra divina que es poder de Dios para la salvación de todo el que cree, se presenta y manifiesta su vigor de manera especial en los escritos del Nuevo Testamento. Pues al llegar la plenitud de los tiempos el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros lleno de gracia y de verdad. Cristo instauró el Reino de Dios en la tierra, manifestó a su Padre y a Sí mismo con obras y palabras y completó su obra con la muerte, resurrección y gloriosa ascensión, y con la misión del Espíritu Santo. Levantado de la tierra, atrae a todos a Sí mismo, El, el único que tiene palabras de vida eterna. pero este misterio no fue descubierto a otras generaciones, como es revelado ahora a sus santos Apóstoles y Profetas en el Espíritu Santo, para que predicaran el Evangelio, suscitaran la fe en Jesús, Cristo y Señor, y congregaran la Iglesia. De todo lo cual los escritos del Nuevo Testamento son un testimonio perenne y divino.
Origen apostólico de los Evangelios
18. Nadie ignora que entre todas las Escrituras, incluso del Nuevo Testamento, los Evangelios ocupan, con razón, el lugar preeminente, puesto que son el testimonio principal de la vida y doctrina del Verbo Encarnado, nuestro Salvador.La Iglesia siempre ha defendido y defiende que los cuatro Evangelios tienen origen apostólico. Pues lo que los Apóstoles predicaron por mandato de Cristo, luego, bajo la inspiración del Espíritu Santo, ellos y los varones apostólicos nos lo transmitieron por escrito, fundamento de la fe, es decir, el Evangelio en cuatro redacciones, según Mateo, Marcos, Lucas y Juan.
Carácter histórico de los Evangelios
19. La Santa Madre Iglesia firme y constantemente ha creído y cree que los cuatro referidos Evangelios, cuya historicidad afirma sin vacilar, comunican fielmente lo que Jesús Hijo de Dios, viviendo entre los hombres, hizo y enseñó realmente para la salvación de ellos, hasta el día que fue levantado al cielo. Los Apóstoles, ciertamente, después de la ascensión del Señor, predicaron a sus oyentes lo que El había dicho y obrado, con aquella crecida inteligencia de que ellos gozaban, amaestrados por los acontecimientos gloriosos de Cristo y por la luz del Espíritu de verdad. Los autores sagrados escribieron los cuatro Evangelios escogiendo algunas cosas de las muchas que ya se trasmitían de palabra o por escrito, sintetizando otras, o explicándolas atendiendo a la condición de las Iglesias, reteniendo por fin la forma de proclamación de manera que siempre nos comunicaban la verdad sincera acerca de Jesús. Escribieron, pues, sacándolo ya de su memoria o recuerdos, ya del testimonio de quienes "desde el principio fueron testigos oculares y ministros de la palabra" para que conozcamos "la verdad" de las palabras que nos enseñan (cf. Lc., 1,2-4).
Los restantes escritos del Nuevo Testamento
20. El Canon del Nuevo Testamento, además de los cuatro Evangelios, contiene también las cartas de San Pablo y otros libros apostólicos escritos bajo la inspiración del Espíritu Santo, con los cuales, según la sabia disposición de Dios, se confirma todo lo que se refiere a Cristo Señor, se declara más y más su genuina doctrina, se manifiesta el poder salvador de la obra divina de Cristo, y se cuentan los principios de la Iglesia y su admirable difusión, y se anuncia su gloriosa consumación.El Señor Jesús, pues, estuvo con los Apóstoles como había prometido y les envió el Espíritu Consolador, para que los introdujera en la verdad completa (cf. Jn., 16,13).
CAPITULO VI
LA SAGRADA ESCRITURA EN LA VIDA DE LA IGLESIA
La Iglesia venera las Sagradas Escrituras
21. la Iglesia ha venerado siempre las Sagradas Escrituras al igual que el mismo Cuerpo del Señor, no dejando de tomar de la mesa y de distribuir a los fieles el pan de vida, tanto de la palabra de Dios como del Cuerpo de Cristo, sobre todo en la Sagrada Liturgia. Siempre las ha considerado y considera, juntamente con la Sagrada Tradición, como la regla suprema de su fe, puesto que, inspiradas por Dios y escritas de una vez para siempre, comunican inmutablemente la palabra del mismo Dios, y hacen resonar la voz del Espíritu Santo en las palabras de los Profetas y de los Apóstoles.Es necesario, por consiguiente, que toda la predicación eclesiástica, como la misma religión cristiana, se nutra de la Sagrada Escritura, y se rija por ella. Porque en los sagrados libros el Padre que está en los cielos se dirige con amor a sus hijos y habla con ellos; y es tanta la eficacia que radica en la palabra de Dios, que es, en verdad, apoyo y vigor de la Iglesia, y fortaleza de la fe para sus hijos, alimento del alma, fuente pura y perenne de la vida espiritual. Muy a propósito se aplican a la Sagrada Escritura estas palabras: "Pues la palabra de Dios es viva y eficaz", "que puede edificar y dar la herencia a todos los que han sido santificados".
Se recomiendan las traducciones bien cuidadas
22. Es conveniente que los cristianos tengan amplio acceso a la Sagrada Escritura. Por ello la Iglesia ya desde sus principios, tomó como suya la antiquísima versión griega del Antiguo Testamento, llamada de los Setenta, y conserva siempre con honor otras traducciones orientales y latinas, sobre todo la que llaman Vulgata. Pero como la palabra de Dios debe estar siempre disponible, la Iglesia procura, con solicitud materna, que se redacten traducciones aptas y fieles en varias lenguas, sobre todo de los textos primitivos de los sagrados libros. Y si estas traducciones, oportunamente y con el beneplácito de la Autoridad de la Iglesia, se llevan a cabo incluso con la colaboración de los hermanos separados, podrán usarse por todos los cristianos.
Deber de los católicos doctos
23. La esposa del Verbo Encarnado, es decir, la Iglesia, enseñada por el Espíritu Santo, se esfuerza en acercarse, de día en día, a la más profunda inteligencia de las Sagradas Escrituras, para alimentar sin desfallecimiento a sus hijos con la divina enseñanzas; por lo cual fomenta también convenientemente el estudio de los Santos Padres, tanto del Oriente como del Occidente, y de las Sagradas Liturgias.Los exegetas católicos, y demás teólogos deben trabajar, aunando diligentemente sus fuerzas, para investigar y proponer las Letras divinas, bajo la vigilancia del Sagrado Magisterio, con los instrumentos oportunos, de forma que el mayor número posible de ministros de la palabra pueden repartir fructuosamente al Pueblo de Dios el alimento de las Escrituras, que ilumine la mente, robustezca las voluntades y encienda los corazones de los hombres en el amor de Dios.El Sagrado Concilio anima a los hijos de la Iglesia dedicados a los estudios bíblicos, para que la obra felizmente comenzada, renovando constantemente las fuerzas, la sigan realizando con todo celo, según el sentir de la Iglesia.
Importancia de la Sagrada Escritura para la Teología
24. La Sagrada Teología se apoya, como en cimientos perpetuo en la palabra escrita de Dios, al mismo tiempo que en la Sagrada Tradición, y con ella se robustece firmemente y se rejuvenece de continuo, investigando a la luz de la fe toda la verdad contenida en el misterio de Cristo. las Sagradas Escrituras contienen la palabra de Dios y, por ser inspiradas, son en verdad la palabra de Dios;por consiguiente, el estudio de la Sagrada Escritura ha de ser como el alma de la Sagrada Teología. También el ministerio de la palabra, esto es, la predicación pastoral, la catequesis y toda instrucción cristiana, en que es preciso que ocupe un lugar importante la homilía litúrgica, se nutre saludablemente y se vigoriza santamente con la misma palabra de la Escritura.
Se recomienda la lectura asidua de la Sagrada Escritura
25. Es necesario, pues, que todos los clérigos, sobre todo los sacerdotes de Cristo y los demás que como los diáconos y catequistas se dedican legítimamente al ministerio de la palabra, se sumerjan en las Escrituras con asidua lectura y con estudio diligente, para que ninguno de ellos resulte "predicador vacío y superfluo de la palabra de Dios que no la escucha en su interior", puesto que debe comunicar a los fieles que se le han confiado, sobre todo en la Sagrada Liturgia, las inmensas riquezas de la palabra divina.De igual forma el Santo Concilio exhorta con vehemencia a todos los cristianos en particular a los religiosos, a que aprendan "el sublime conocimiento de Jesucristo", con la lectura frecuente de las divinas Escrituras. "Porque el desconocimiento de las Escrituras es desconocimiento de Cristo". Lléguense, pues, gustosamente, al mismo sagrado texto, ya por la Sagrada Liturgia,llena del lenguaje de Dios, ya por la lectura espiritual, ya por instituciones aptas para ello, y por otros medios, que con la aprobación o el cuidado de los Pastores de la Iglesia se difunden ahora laudablemente por todas partes. peor no olviden que debe acompañar la oración a la lectura de la Sagrada Escritura para que se entable diálogo entre Dios y el hombre; porque "a El hablamos cuando oramos, y a El oímos cuando leemos las palabras divinas.Incumbe a los -prelados, "en quienes está la doctrina apostólica, instruir oportunamente a los fieles a ellos confiados, para que usen rectamente los libros sagrados, sobre todo el Nuevo Testamento, y especialmente los Evangelios por medio de traducciones de los sagrados textos, que estén provistas de las explicaciones necesarias y suficientes para que los hijos de la Iglesia se familiaricen sin peligro y provechosamente con las Sagradas Escrituras y se penetren de su espíritu.Háganse, además, ediciones de la Sagrada Escritura, provistas de notas convenientes, para uso también de los no cristianos, y acomodadas a sus condiciones, y procuren los pastores de las almas y los cristianos de cualquier estado divulgarlas como puedan con toda habilidad.
Epílogo
26. Así, pues, con la lectura y el estudio de los Libros Sagrados "la palabra de Dios se difunda y resplandezca" y el tesoro de la revelación, confiado a la Iglesia, llene más y más los corazones de los hombres. Como la vida de la Iglesia recibe su incremento de la renovación constante del misterio Eucarístico, así es de esperar un nuevo impulso de la vida espiritual de la acrecida veneración de la palabra de Dios que "permanece para siempre" (Is., 40,8; cf. 1 Pe., 1,23-25).Todas y cada una de las cosas contenidas en esta Constitución Dogmática han obtenido el beneplácito de los Padres del Sacrosanto Concilio. Y Nos, en virtud de la potestad apostólica recibida de Cristo, juntamente con los Venerables Padres, las aprobamos, decretamos y establecemos en el Espíritu Santo, y mandamos que lo así decidido conciliarmente sea promulgado para gloria de Dios.Roma, en San Pedro, 18 de noviembre de 1965.
Yo, PABLO, Obispo de la Iglesia católica.

Credo de Atanacio

Texto del Credo Atanasiano:
"Todo el que quiera salvarse, ante todo es menester que mantenga la fe Católica; el que no la guarde íntegra e inviolada, sin duda perecerá para siempre.
Ahora bien, la fe católica es que veneremos a un solo Dios en la Trinidad, y a la Trinidad en la unidad; sin confundir las personas ni separar las sustancias. Porque una es la persona del Padre y el Hijo y otra (también) la del Espíritu Santo; pero el Padre y el Hijo y el Espíritu Santo tienen una sola divinidad, gloria igual y coeterna majestad. Cual el Padre, tal el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; increado el Padre, increado el Hijo, increado (también) el Espíritu Santo; inmenso el Padre, inmenso el Hijo, inmenso (también) el Espíritu Santo; eterno el Padre, eterno el Hijo, eterno (también) el Espíritu Santo. Y, sin embargo, no son tres eternos, sino un solo eterno, como no son tres increados ni tres inmensos, sino un solo increado y un solo inmenso. Igualmente, omnipotente el Padre, omnipotente el Hijo, omnipotente (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo no son tres omnipotentes, sino un solo omnipotente. Así Dios es el Padre, Dios es el Hijo, Dios es (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres dioses, sino un solo Dios; Así, Señores el Padre, Señor es el Hijo, Señor (también) el Espíritu Santo; y, sin embargo, no son tres Señores, sino un solo Señor; porque así como por la cristiana verdad somos compelidos a confesar como Dios y Señor a cada persona en particular; así la religión católica nos prohíbe decir tres dioses y señores. El Padre, por nadie fue hecho ni creado ni engendrado. El Hijo fue por solo el Padre, no hecho ni creado, sino engendrado. El Espíritu Santo, del Padre y del Hijo, no fue hecho ni creado, sino que procede.
Hay, consiguientemente, un solo Padre, no tres padres; un solo Hijo, no tres hijos; un solo Espíritu Santo, no tres espíritus santos; y en esta Trinidad, nada es antes ni después, nada mayor o menor, sino que las tres personas son entre sí coeternas y coiguales, de suerte que, como antes se ha dicho, en todo hay que venerar lo mismo la unidad de la Trinidad que la Trinidad en la unidad. El que quiera , pues, salvarse, así ha sentir de la Trinidad.
Pero es necesario para la eterna salvación creer también fielmente en la encarnación de nuestro Señor Jesucristo. Es, pues, la fe recta que creemos y confesamos que nuestro Señor Jesucristo, hijo de Dios, es Dios y hombre. Es Dios engendrado de la sustancia del Padre antes de los siglos, y es hombre nacido de la madre en el siglo: perfecto Dios, perfecto hombre, subsistente de alma racional y de carne humana; igual al Padre según la divinidad, menor que el Padre según la humanidad. Mas aun cuando sea Dios y hombre, no son dos, sino un solo Cristo, y uno solo no por la conversión de la divinidad en la carne, sino por la asunción de la humanidad en Dios; uno absolutamente, no por confusión de la sustancia, sino por la unidad de la persona. Porque a la manera que el alma racional y la carne es un solo hombre; así Dios y el hombre son un solo Cristo. El cual padeció por nuestra salvación, descendió a los infiernos, al tercer día resucitó de entre los muertos, subió a los cielos, está sentado al adiestra de Dios Padre omnipotente, desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos, y a su venida todos los hombres han de resucitar con sus cuerpos y dar cuenta de sus propios actos, y los que obraron bien, irán a la vida eterna; los que mal, al fuego eterno.
Esta es la fe católica y el que no la creyere fiel y firmemente no podrá salvarse."

Credo Apostolico

Creo en Dios Padre Todopoderoso, Creador del cielo y de la tierra; y en Jesucristo, su único Hijo, Señor nuestro; que fue concebido del Espíritu Santo, nació de la virgen María, padeció bajo el poder de Poncio Pilatos; fue crucificado, muerto y sepultado; descendió a los infiernos; al tercer día resucitó de entre los muertos; subió al cielo, y está sentado a la diestra de Dios Padre Todopoderoso; y desde allí vendrá al fin del mundo a juzgar a los vivos y a los muertos.Creo en el Espíritu Santo, la Santa Iglesia Universal, la comunión de los santos, el perdón de los pecados, la resurrección de la carne y la vida perdurable. Amén.

Credo de Nicea

Es la profesión de la fe cristiana, común a la iglesia Católica, a todas las iglesias orientales separadas de Roma, y a la mayoría de las denominaciones protestantes, tal como se aprobó en forma ampliada en el Concilio de Constantinopla. Poco después del Concilio de Nicea se compusieron muchas y nuevas fórmulas de fe, siendo la mayoría de ellas variaciones del Símbolo de Nicea, para hacer frente a nuevas fases del arrianismo. Al menos hubo cuatro antes del concilio de Sardica en 341, y en él se presentó una nueva fórmula que se puso en las Actas, aunque no la aceptó el concilio.El Símbolo niceno, sin embargo, continuó siendo el único en uso entre los defensores de la Fe. Gradualmente fue siendo reconocido como la profesión apropiada para los candidatos al bautismo. Su alteración en la fórmula Niceno-Constantinopolitana, la que ahora usamos, se suele atribuir al concilio de Constantinopla, puesto que el de Calcedonia (451) , que lo designó como “El Credo del Concilio de Constantinopla de 381” hizo que se leyera dos veces y que se pusiera en las Actas.
Los historiadores Sócrates, Sozomen y Teodoreto no mencionan ésto, aunque sí que testimonian que los obispos que permanecieron en el concilio tras la partida de los Macedonios, confirmaron la fe de Nicea. Hefele (II,9) admite la posibilidad de que nuestro credo actual se una condensación del “Tomo” ( Gr. tomos),i.e., la exposición de las doctrinas sobre la Trinidad hechas por el concilio de Constantinopla, pero prefiere la opinión de Rémi Ceillier y Tillemont, que rastrean la nueva fórmula al "Ancoratus" de Epifanio escrito en 374. Hort, Caspari, Harnack, y otros son de la opinión de que la forma Constantinopolitana no se originó en el concilio de Constantinopla, ya que no está en las Actas del concilio de 381, y que se insertó más tarde, porque Gregorio Nacianceno que estuvo en el concilio sólo menciona la fórmula nicena advirtiendo que está incompleta en lo que se refiere al Espíritu Santo, lo que muestra que no supo de la forma constantinopolitana que corrige esa deficiencia y porque los Padres latinos aparentemente nada saben de ella antes de mediado el siglo quinto.La siguiente es una traducción literal del texto griego de la fórmula Constantinopolitana, Los paréntesis indican las palabras alteradas o añadidas en la forma litúrgica occidental actualmente en uso:
Nosotros creemos (yo creo) en un Dios, el Padre Todopoderoso, hacedor del cielo y tierra, y de todas las cosas visibles e invisibles. Y en un Señor Jesús Cristo, el Unigénito Hijo de Dios y nacido del Padre antes de todas las edades. (Dios de Dios), luz de luz, verdadero Hijo de Dios verdadero. Engendrado, no creado, consustancial al Padre, por quien todas las cosas fueron hechas. Quien para nosotros hombres y por nuestra salvación bajó del cielo. Y se encarnó del Espíritu Santo y de la Virgen Maria y se hizo hombre, fue crucificado también por nosotros, bajo Poncio Pilato, sufrió y fue sepultado y al tercer día se levantó de nuevo según las Escrituras. Y ascendió al cielo, se sienta a la derecha del Padre y vendrá de nuevo con gloria a juzgar a los vivos y a los muertos, de cuyo reino no tendrá fin. Y (yo creo) en el Espíritu Santo , el Señor y Dador de vida, que procede del Padre ( y del Hijo) quien junto con el Padre y el Hijo ha de ser adorado y glorificado, que habló por los Profetas. Y una santa católica y apostólica iglesia. Nosotros (yo confieso) un bautismo para la remisión de los pecados. Y esperamos ( yo espero) la resurrección de los muertos y la vida del mundo que vendrá. Amén
(Nota del Traductor: Esta es una traducción literal del texto inglés de este artículo de esta Enciclopedia),
En ésta fórmula del artículo de Nicea sobre el Espíritu Santo se amplia con varias palabras, en especial las dos frases “de la sustancia del Padre” y se omiten “Dios de Dios” y los anatemas. Se añaden diez cláusulas y en cinco lugares las palabras están colocadas en distintos lugares. En general, las dos fórmulas contienen lo que es común a todas las fórmulas bautismales de la Iglesia primitiva. Vossius (1577-1649) fue el primero en detectar la semejanza entre el credo del "Ancoratus" y la formula bautismal de la iglesia de Jerusalén. Hort (1876) mantiene que el símbolo es una revisión de la fórmula de Jerusalén, en la que se han insertado las más importantes aseveraciones sobre el Espíritu Santo El autor de la revisión puede haber sido S. Cirilo de Jerusalén (315-386). Se ofrecen varias hipótesis sobre la tradición de que el símbolo niceno-constantinopolitano se originó con el concilio de Constantinopla, pero ninguna es satisfactoria. Sea cual fuere su origen, lo cierto es que el concilio de Calcedonia (451) se lo atribuyó al de Constantinopla y si de hecho no se compuso en él, fue adoptado y autorizado por los Padres reunidos en la asamblea como verdadera expresión de la Fe. La historia del Credo se completa en el artículo Filioque ( ver también ARRIO, EUSEBIO DE CESAREA)J. WILHELM Transcrito por Fr. Rick Losch Traducido por Pedro Royo

Info sobre los Credos

Información de carácter general
Un credo es un escrito o resumen autorizado de la doctrina cristiana que a veces se recita en los servicios de la iglesia como afirmación de la fe. Las formulaciones de la fe cristiana, tomadas probablemente como la base de la enseñanza y de la evangelización, se encuentran en el Nuevo Testamento, aunque en una forma rudimentaria, como en I Cor 12:3. San Pablo habla de los creyentes que se sometían sin reservas al credo que de les había enseñado (Rom 6:17).
CREA
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E-mail De los dos credos clásicos, el Credo de los Apóstoles pertenece en su contenido esencial a la época apóstólica, aunque no es obra de los apóstoles. Tuvo su origen en forma de confesión de fe usada para la instrucción de catecúmenos y en la liturgia del bautismo. En un principio el Credo pudo haber sido aprendido de memoria y transmitido oralmente (para protegerlo de profanación). Se basa en una fórmula corriente en Roma c. 200, aunque la forma actual del texto no apareció antes del siglo VI; lo usan los católicos romanos y muchas iglesias protestantes, pero nunca ha sido validado por las iglesias ortodoxas orientales.
El otro credo clásico, el de Nicea, era una expresión de la fe de la iglesia según lo definido en los Concilios de Nicea (325) y de Constantinopla (381), y reafirmado más adelante en los de Efeso (431) y de Calcedonis (451). Basado probablemente en el credo bautismal de Jerusalén, el credo Niceno-Constantinopolitano contuvo una declaración más completa referente a Cristo y al Espíritu Santo que el fórmula anterior. Su uso en la adoración eucarística no es muy anterior al siglo V. La cláusula llamada Filioque ("y del Hijo"), que expresa la doble proveniencica del Espíritu Santo, fue agregada en el tercer Concilio de Toledo (589). El credo de Nicea es utilizado por los católicos romanos, muchos protestantes y ortodoxos orientales; estos últimos, sin embargo, rechazan la cláusula del Filioque.
Al credo de Atanasio (conocido a veces como el Quicumque, sus palabras latinas iniciales) se le menciona claramente por primera vez en el siglo VI, y su atribución a Atanasio es insostenible; es de origen latino y en la Edad Media fue usado regularmente en el servicios de la Iglesia. A partir de la Reforma el uso litúrgico del credo de Atanasio quedó confinado principalmente a la iglesia católica y a la Comunión Anglicana, aunque hoy en día se reza muy rara vez.
Ross MacKenzie
BibliografíaKelly De J N D, Creedos Cristianos Tempranos (1972); J H Leith, ed., Credos de las Iglesias (1982); P Schaff, Los credos del cristianismo (1977).
Credo, Credos
Información AvanzadaEl Credo deriva del latin "credo" ("yo creo"). La forma es activa, denotando no sólo un conjunto de creencias sino también una confesión de fe. Esta fe es confianza: no "creo que..." (aunque eso está incluido) sino "creo en". También es individual; los credos pueden tomar la forma plural de "creemos", pero el término mismo viene de la primera persona del singular, en latín: "creo".
Base BíblicaLos credos en el sentido amplio del término no están en las Escrituras, pero eso no los hace antitéticos a ellas, porque los credos siempre han tenido por objeto expresar verdades bíblicas esenciales. Además, la propia Escritura contiene algunas formas credales rudimentarias que proporcionan modelos para posteriores declaraciones. El Shema del AT (Deut. 6:4 - 9) pertenece a esta categoría, y muchos eruditos consideran Deut. 26:5 - 9 como un pequeño credo. En el NT, muchas referencias a las "tradiciones" (2 Tes. 2:15), la "palabra del Señor" (Gal. 6:6), y la "prédica" (Rom 16:25), sugieren que un mensaje común ya constituía un foco para la fe, mientras que la confesión de Jesús como Cristo (Juan 1:41), Hijo de Dios (Hechos 8:37), el Señor (Rom 10:9), y Dios (Juan 20:28; Rom. 9:5; Tito 2:13) constituye un obvio punto de partida para el desarrollo de credos en la confesión pública.
De hecho, si Hechos 8:37 es auténtico, ofrece desde muy pronto una confesión credal simple en el bautismo. Éste es, por supuesto, exclusivamente Cristológico (cf. el bautismo en nombre de Cristo en Hechos 8:16; 10:48), lo que lleva a la teoría de que originalmente los credos consistían sólo en el segundo artículo. Sin embargo el NT también contiene muchos pasajes, que culminan en Mat. 28:19 y que incluyen ya sea al Padre o al Padre y al Espíritu Santo en una más completa fórmula Trinitaria de tipo doctrinal, confesional o litúrgico.
Funciones Credales
BautismalCuando del material bíblico comenzaron a emerger formas credales más definitivas, probablemente lo hicieron primero en el contexto del bautismo. Un Credo daba a los candidatos la oportunidad de hacer la confesión hablada exigida en Rom 10:9 - 10. Al principio la forma de palabras variaba, pero pronto emergieron modelos comunes. Credos fragmentarios del siglo II, e.g., el del Papiro DerBalyzeh, apoyan la tesis de que los credos se volvieron rápidamente Trinitarios, o lo eran desde el comienzo. Esto está implícito también en la Didajé VII.1, verificado por la tradición apóstólica de Hipólito. La opinión común es que la confession era más en forma de respuestas que declaratoria.
EducacionalCon vistas a la confesión bautismal, los credos pronto servieron como programa para la instrucción catequética en doctrina cristiana; el nivel de la enseñanza pudo variar de la exposición simple, a la presentación teológica avanzada de la catequesis de Cirilo de Jerusalén en el siglo IV. Todos los candidatos, sin embargo, debían adquirir y acreditar cierta comprensión de la profesión de fé que harían. Se exigía un compromiso sincero tanto como un entendimiento intelectual.
DoctrinalEl aumento de las herejías contribuyó a expandir las primeras declaraciones rudimentarias hacia las fórmulas más desarrolladas de siglos posteriores. Posiblemente la frase "creador del cielo y de la Tierra" se insertó para contrarrestar la separación gnóstica del Dios verdadero y el creador, mientras que la referencia al nacimiento virginal y el énfasis en la muerte de Cristo mantuvo la realidad de la vida humana y del ministerio de Jesús. La herejía arriana produjo otro conjunto de adiciones (en especial "consubstancial al Padre") hechas predominantemente para expresar la deidad esencial de Cristo. Estas modificaciones dieron a los credos una nueva función como clave a la adecuada comprensión de la Escritura (Tertuliano) y como pruebas de ortodoxia para el clero.
LitúrgicoAl ser utilizados en el bautismo, los credos tuvieron desde el comienzo una función litúrgica. Se vió, sin embargo, que la confesión de fe es un componente de toda adoración verdadera, lo que llevó a la incorporación del credo Nicénico en la secuencia eucarístcia regular, primero en Oriente, luego en España y finalmente en Roma. Poner el credo después de la lectura de la escritura permitió a los fieles responder al Evangelio con una afirmación individual o congregacional de la fe.
Los Tres Credos
De los apóstolesEn la historia cristiana, tres credos de la iglesia primitiva han alcanzado especial relevancia. El primero fue supuestamente escrito por los apóstoles bajo inspiración especial y por eso llegó a llamársele Símbolo o Credo de los Apóstoles (Sínodo de Milán, 390). Finalmente Lorenzo Valla refutó la historia de su origen, que Oriente nunca aceptó, y los eruditos ahora reconocen que deriva de varias fuentes, auque sin duda el viejo credo romano (expuesto por Rufino, 404) subyace en él. En su forma actual se le conoce sólo desde el siglo VIII, y parece haber venido de Galia o de España. No obstante, en Occidente se puso en uso regular, y los Reformadores lo aprobaron en el catecismo, las confesiones de fé y las liturgias.
De NiceaA pesar de su nombre, el Credo Nicénico no es el mismo que el de Nicea (325), aunque incorpora a forma alterada, y sin los anatemas, la enseñanza Cristológica que Nicea adoptó en respuesta al arrianismo. Probablemente se basa en credos de Jerusalén y de Antioquía. Mucho se ha discutido si fue suscrito en Constantinople I en 381, pero Calcedonia lo reconoció (451) y Constantinopla II (553) lo aceptó como revisión del de Nicea. Occidente por sí solo agregó la cláusula del filioque ("y del Hijo") a la declaración sobre el Espíritu Santo, pero Oriente nunca aceptó su ortodoxia o la validez de la inserción. Tanto en Oriente como en Occidente este credo se convirtió en la confesión eucarística más importante.
De AtanasioSe cree comúnmente que el credo usualmente atribuído a Atanasio es un cántico del siglo IV o V, de autor desconocido. Como afirmación más directa sobre la Trinidad, se convirtió en Occidente, al menos desde el siglo VII, en una prueba de ortodoxia y competencia del clero. Difiere de los otros dos credos principales en estructura, en su carácter doctrinal más complejo y en su inclusión en la apertura y de clausura de admoniciones. Los Reformadores lo valoraron mucho; los anglicanos incluso hicieron uso litúrgico de él, pero en Oriente no se le reconoció, y en general su utilidad catequética y litúrgica ha sido escasa.
ConclusiónLos peligros de hacer credos son obvios. Los credos pueden llegar a ser formales, complejos y abstractos; se peuden ampliar casi ilimitadamente, se pueden sobreponer a la Escritura. Manejados correctamente, sin embargo, facilitan el confesión pública de fé, forman una base sucinta de enseñanza, salvaguardan la doctrina pura y constituyen un foco apropiado para la congregación de la iglesia en la fe.
G W Bromiley
BibliografíaF J Badcock, Historia de los credos; W A Curtis, Historia de los credos y confesiones de fe; O Cullmann, Las más tempranas confesiones cristianas; J N D Kelly, credos cristianos tempranos y credo de Atanasio; A C McGiffert, El Credo de los Apóstoles; P Schaff, los credos de la Cristiandad; H B Swete, El Credo de los Apóstoles.

Informacion del Concilio de Nicea

EL CONCILIO DE NICEA
Después de su victoria contra contra Licinus, el emperador de oriente, en septiembre de 324 d.C. Constantino dueño absoluto del Imperio Romano, se esforzó en arreglar los litigios entre los diferentes obispos de oriente, como ya hizo en occidente por causa del donatismo convocando los sínodos de Roma en el 311 y el de Arlés en el 314. Así convocó a los diferentes obispos a un sínodo comparable en todo a los comitia (comicios) de las órdenes civiles del Imperio. Este concilio fue convocado primeramente en Ancyra y después, por razones de comodidad el propio emperador, en Nicea, donde en sus inmediaciones más próximas se encontraba la residencia imperial de Nicomedia.
Vemos que el emperador, tras haber logrado la unificación y uniformidad total del imperio bajo su persona, trataba de hacer lo mismo con el cristianismo, a imagen del propio imperio. Este concilio no fue convocado por la iglesia o uno de sus obispos, sino por un emperador sobre el que aún hoy recaen serias dudas entorno a lo genuino de su fe cristiana, puesto que era un adorador del Solis Invictus (Sol Invicto). La pretensión posterior del obispado de Roma de ejercer una primacía jerárquica sobre el resto de la cristiandad tiene mucho que ver con este deseo de uniformidad imperial.
Por deseo del emperador romano Constantino, el concilio se reunió en la ciudad de Nicea, en el Asía Menor y cerca de Constantinopla, en el año 325 el 20 de mayo, la mañana de las fiestas de conmemoración de su victoria sobre su rival Licinio. Es esta asamblea la que la posteridad conoce como el Primer Concilio Ecuménico, es decir, universal.
El número exacto de los obispos que asistieron al concilio nos es desconocido, pero al parecer fueron unos trescientos. Para comprender la importancia de lo que estaba aconteciendo, recordemos que varios de los presentes habían sufrido cárcel, tortura o exilio poco antes, y que algunos llevaban en sus cuerpos las marcas físicas de su fidelidad. Y ahora, pocos años después de aquellos días de pruebas, todos estos obispos eran invitados a reunirse en la ciudad de Nicea, y el emperador cubría todos sus gastos. Muchos de los presentes se conocían de oídas o por correspondencia. Pero ahora, por primera vez en la historia de la iglesia, podían tener una visión física de la universalidad de su fe. En su Vida de Constantino Eusebio de Cesarea nos describe la escena:
"Allí se reunieron los más distinguidos ministros de Dios, de Europa, Libia [es decir, Africal y Asia. Una sola casa de oración, como si hubiera sido ampliada por obra de Dios, cobijaba a sirios y cilicios, fenicios y árabes, delegados de la Palestina y del Egipto, tebanos y libios, junto a los que venían de la región de Mesopotamia. Había también un obispo persa, y tampoco faltaba un escita en la asamblea. El Ponto, Galacia, Panfilia, Capadocia, Asia y Frigia enviaron a sus obispos más distinguidos, junto a los que vivían en las zonas más recónditas de Tracia, Macedonia, Acaya y el Epiro. Hasta de la misma Espafía, uno de gran fama [Osio de Córdoba] se sentó como miembro de la gran asamblea. El obispo de la ciudad imperial [ Roma] no pudo asistir debido a su avanzada edad, pero sus presbíteros lo representaron. Constantino es el primer príncipe de todas las edades en haber juntado semejante guirnalda mediante el vínculo de la paz, y habérsela presentado a su Salvador como ofrenda de gratitud por las victorias que había logrado sobre todos sus enemigos"
En este ambiente de euforia, los obispos se dedicaron a discutir las muchas cuestiones legislativas que era necesario resolver una vez terminada la persecución. La asamblea aprobó una serie de reglas para la readmisión de los caídos, acerca del modo en que los presbíteros y obispos debían ser elegidos y ordenados, y sobre el orden de precedencia entre las diversas sedes.
Pero la cuestión más escabrosa que el Concilio de Nicea tenía que discutir era la controversia arriana. En lo referente a este asunto, había en el concilio varias tendencias.
En primer lugar, había un pequeño grupo de arrianos convencidos, capitaneados por Eusebio de Nicomedia -personaje importantísimo en toda esta controversia, que no ha de confundirse con Eusebio de Cesarea. Puesto que Arrio no era obispo, no tenía derecho a participar en las deliberaciones del concilio. En todo caso, Eusebio y los suyos estaban convencidos de que su posición era correcta, y que tan pronto como la asamblea escuchase su punto de vista, expuesto con toda claridad, reivindicaría a Arrio y reprendería a Alejandro por haberle condenado.
En segundo lugar, había un pequeño grupo que estaba convencido de que las doctrinas de Arrio ponían en peligro el centro mismo de la fe cristiana, y que por tanto era necesario condenarlas. El jefe de este grupo era Alejandro de Alejandría. Junto a él estaba un joven diácono que después se haría famoso como uno de los gigantes cristianos del siglo IV, Atanasio.
Los obispos que procedían del oeste, es decir, de la región del Imperio donde se hablaba el latín, no se interesaban en la especulación teológica. Para ellos la doctrina de la Trinidad se resumía en la vieja fórmula enunciada por Tertuliano más de un siglo antes: una substancia y tres personas.
Otro pequeño grupo -probablemente no más de tres o cuatro- sostenía posiciones cercanas al "patripasionismo", es decir, la doctrina según la cual el Padre y el Hijo son uno mismo, y por tanto el Padre sufrió en la cruz. Aunque estas personas estuvieron de acuerdo con las decisiones de Nicea, después fueron condenadas. Empero, a fin de no complicar demasiado nuestra narración, no nos ocuparemos más de ellas.
Por último, la mayoría de los obispos presentes no pertenecía ninguno de estos grupos. Para ellos, era una verdadera lástima hecho de que, ahora que por fin la iglesia gozaba de paz frente al Imperio, Arrio y Alejandro se hubieran envuelto en una controversia que amenazaba dividir la iglesia. La esperanza de estos obispos, al comenzar la asamblea, parece haber sido lograr una posición conciliatoria, resolver las diferencias entre Alejandro y Arrio, y olvidar la cuestión. Ejemplo típico de esta actitud es Eusebio de Cesarea.
En esto estaban las cosas cuando Eusebio de Nicornedia, el jefe del partido arriano, pidió la palabra para exponer su doctrina. Al parecer, Eusebio estaba tan convencido de la verdad de lo que decía, que se sentía seguro de que tan pronto como los obispos escucharan una exposición clara de sus doctrinas las aceptarían como correctas, y en esto terminaría la cuestión. Pero cuando los obispos oyeron la exposición de las doctrinas arrianas su reacción fue muy distinta de lo que Eusebio esperaba. La doctrina según la cual el Hijo o Verbo no era sino una criatura -por muy exaltada que fuese esa criatura- les pareció atentar contra el corazón mismo de su fe. A los gritos de " ¡blasfemia!", " ¡mentira!" y "¡herejía!", Eusebio tuvo que callar, y se nos cuenta que algunos de los presentes le arrancaron su discurso, lo hicieron pedazos y lo pisotearon.
El resultado de todo esto fue que la actitud de la asamblea cambió. Mientras antes la mayoría quería tratar el caso con la mayor suavidad posible, y quizá evitar condenar a persona alguna, ahora la mayoría estaba convencida de que era necesario condenar las doctrinas expuestas por Eusebio de Nicomedia.
Al principio se intentó lograr ese propósito mediante el uso exclusivo de citas bíblicas. Pero pronto resultó claro que los arrianos podían interpretar cualquier cita de un modo que les resultaba favorable -o al menos aceptable. Por esta razón, la asamblea decidió componer un credo que expresara la fe de la iglesia en lo referente a las cuestiones que se debatían. Tras un proceso que no podemos narrar aquí, pero que incluyó entre otras cosas la intervención de Constantino sugiriendo que se incluyera la palabra "consubstancial" -palabra ésta que discutiremos más adelante en este capítulo- se llegó a la siguiente fórmula, que se conoce como el Credo de Nicea:
"Creemos en un Dios Padre Todopoderoso, hacedor de todas las cosas visibles e invisibles.
Y en un Señor Jesucristo, el Hijo de Dios; engendrado como el Unigénito del Padre, es decir, de la substancia del Padre, Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero; engendrado, no hecho; consubstancial al Padre; mediante el cual todas las cosas fueron hechas, tanto las que están en los cielos como las que están en la tierra; quien para nosotros los humanos y para nuestra salvación descendió y se hizo carne, se hizo humano, y sufrió, y resucitó al tercer día, y vendrá a juzgar a los vivos y los muertos.
Y en el Espíritu Santo.
A quienes digan, pues, que hubo cuando el Hijo de Dios no existía, y que antes de ser engendrado no existía, y que fue hecho de las cosas que no son, o que fue formado de otra substancia o esencia, o que es una criatura, o que es mutable o variable, a éstos anatematiza la iglesia católica."
Esta fórmula, a la que después se le añadieron varias cláusulas -y se le restaron los anatemas del último párrafo- es la base de lo que hoy se llama "Credo Niceno", que es el credo cristiano más universalmente aceptado. El llamado "Credo de los Apóstoles", por haberse originado en Roma y nunca haber sido conocido en el Oriente, es utilizado sólo por las iglesias de origen occidental -es decir, la romana y las protestantes. Pero el Credo Niceno, al mismo tiempo que es usado por la mayoría de las iglesias occidentales, es el credo más común entre las iglesias ortodoxas orientales -griega, rusa, etc.
Detengámonos por unos instantes a analizar el sentido del Credo, según fue aprobado por los obispos reunidos en Nicea. Al hacer este análisis, resulta claro que el propósito de esta fórmula es excluir toda doctrina que pretenda que el Verbo es en algún sentido una criatura. Esto puede verse en primer lugar en frases tales como "Dios de Dios; luz de luz; Dios verdadero de Dios verdadero". Pero puede verse también en otros lugares, como cuando el Credo dice "engendrado, no hecho". Nótese que al principio el mismo Credo había dicho que el Padre era "hacedor de todas las cosas visibles e invisibles". Por tanto, al decir que el Hijo no es "hecho", se le está excluyendo de esas cosas "visibles e invisibles" que el Padre hizo. Además, en el último párrafo se condena a quienes digan que el Hijo "fue hecho de las cosas que no son", es decir, que fue hecho de la nada, como la creación. Y en el texto del Credo, para no dejar lugar a dudas, se nos dice que el Hijo es engendrado "de la substancia del Padre", y que es "consubstancial al Padre". Esta última frase, "consubstancial al Padre", fue la que más resistencia provocó contra el Credo de Nicea, pues parecía dar a entender que el Padre y el Hijo son una misma cosa, aunque su sentido aquí no es ése, sino sólo asegurar que el Hijo no es hecho de la nada, como las criaturas.
En todo caso, los obispos se consideraron satisfechos con este credo, y procedieron a firmarlo, dando así a entender que era una expresión genuina de su fe. Sólo unos pocos -entre ellos Eusebio de Nicomedia- se negaron a firmarlo. Estos fueron condenados por la asamblea, y depuestos. Pero a esta sentencia Constantino añadió la suya, ordenando que los obispos depuestos abandonaran sus ciudades. Esta sentencia de exilio añadida a la de herejía tuvo funestas consecuencias, como ya hemos dicho, pues estableció el precedente según el cual el estado intervendría para asegurar la ortodoxia de la iglesia o de sus miembros.
La controversia arriana después del concilio
El Concilio de Nicea no puso fin a la discusión. Eusebio de Nicomedia era un político hábil -y además parece haber sido pariente lejano de Constantino. Su estrategia fue ganarse de nuevo la simpatía del emperador, quien pronto le permitió regresar a Nicomedia. Puesto que en esa ciudad se encontraba la residencia veraniega de Constantino, esto le proporcionó a Eusebio el modo de acercarse cada vez más al emperador. A la postre, hasta el propio Arrio fue traído del destierro, y Constantino le ordenó al obispo de Constantinopla que admitiera al hereje a la comunión.
El obispo debatía si obedecer al emperador o a su conciencia cuando Arrio murió. En el año 328 Alejandro de Alejandría murió, y le sucedió Atanasio, el diácono que le había acompañado en Nicea, y que desde ese momento sería el gran campeón de la causa nicena. A partir de entonces, dicha causa quedó tan identificada con la persona del nuevo obispo de Alejandría, que casi podría decirse que la historia subsiguiente de la controversia arriana es la biografía de Atanasio. Baste decir que, tras una serie de manejos, Eusebio de Nicomedia y sus seguidores lograron que Constantino enviara a Atanasio al exilio. Antes habían logrado que el emperador pronunciara sentencias semejantes contra varios otros de los jefes del partido niceno. Cuando Constantino decidió por fin recibir el bautismo, en su lecho de muerte, lo recibió de manos de Eusebio de Nicomedia.
A la muerte de Constantino, tras un breve interregno, le sucedieron sus tres hijos Constantino II, Constante y Constancio. A Constantino II le tocó la región de las Galias, Gran Bretaña, España y Marruecos. A Constancio le tocó la mayor parte del Oriente. Y los territorios de Constante quedaron en medio de los de sus dos hermanos, pues le correspondió el norte de Africa, Italia, y algunos territorios al norte de Italia. Al principio la nueva situación favoreció a los nicenos, pues el mayor de los tres hijos de Constantino favorecía su causa, e hizo regresar del exilio a Atanasio y los demás. Pero cuando estalló la guerra entre Constantino II y Constante, Constancio, que como hemos dicho reinaba en el Oriente, se sintió libre para establecer su política en pro de los arrianos.
Una vez más Atanasio se vio obligado a partir al exilio, del cual volvió cuando, a la muerte de Constantino II, todo el Occidente quedó unificado bajo Constante, y Constancio tuvo que moderar sus inclinaciones arrianas. Pero a la larga Constancio quedó como dueño único del Imperio, y fue entonces que, como diría Jerónimo "el mundo despertó como de un profundo sueño y se encontró con que se había vuelto arriano". De nuevo los jefes nicenos tuvieron que abandonar sus diócesis, y la presión imperial fue tal que a la postre los ancianos Osio de Córdoba y Liberio -el obispo de Roma- firmaron una confesión de fe arriana.
Consecuencias del concilio
Pero, ¿Cuales fueron las consecuencias de que el Imperio Romano se aliase con el cristianismo?, ¿Cómo es posible que aquellos héroes de la fe que aún poseían en su cuerpo las marcas del martirio obedeciesen al poder temporal congregándose en un concilio convocado por un emperador pagano, o por condescender, cristianizado a medias?
Constantino colmó de privilegios a los cristianos y elevó a muchos obispos a puestos importantes, confiándoles, en ocasiones, tareas más propias de funcionarios civiles que de pastores de la Iglesia de Cristo. A cambio, él no cesó de entrometerse en las cuestiones de la Iglesia, diciendo de sí mismo que era «el obispo de los de afuera» de la Iglesia. Las nefastas consecuencias de este conturbenio no fueron previstas entonces. Debido, sin duda, al agradecimiento que querían expresar al emperador que acabó con las persecuciones, los cristianos permitieron que éste se inmiscuyera en demasía en el terreno puramente eclesiástico y espiritual de la Cristiandad. Las influencias fueron recíprocas: comenzaron a aparecer prelados mundanos que en el ejercicio del favor estatal que disfrutaban no estaban, sin embargo, inmunizados a las tentaciones corruptoras del poder y daban así un espectáculo poco edificante. Esta corriente tendría su culminación en la Edad Media y el Renacimiento. Como reacción a esta secularización de los principales oficiales de la Iglesia, surgieron el ascetismo y el monasticismo que trataban de ser una vuelta a la pureza de vida primitiva, pero que no siempre escogieron los mejores medios para ello.
La mentalidad romana fue penetrando cada vez más el carácter de la cristiandad se exigió la mas completa uniformidad en las cuestiones más secundarias, como la fijación de la fecha de la Pascua y otras trivialidades parecidas que ya habían agitado vanamente los espíritus a finales del siglo III. Estas tendencias a la uniformidad fueron consideradas por los emperadores como un medio sumamente útil del que servirse para lograr la más completa unificación del Imperio. Contrariamente a lo que generalmente se dice, el Edicto de Milán no estableció el Cristianismo como religión del imperio. Esto vendría después, en el año 380 bajo Teodosio. El cristianismo no se convirtió en la religión oficial en tiempos de Constantino, pero devino la religión popular, la religión de moda, pues era la que profesaba el emperador. Tal popularidad, divorciada en muchos casos de motivos espirituales fue nefasta: «La masa del Imperio romano -escribe Schaff- fue bautizada solamente con agua, no con el Espíritu y el fuego del Evangelio, y trajo así las costumbres y las prácticas paganas al santuario cristiano bajo nombres diferentes»: «Sabemos por Eusebio -nos explica Newman (un cardenal Católico Romano)-, que Constantino, para atraer a los paganos a la nueva religión, traspuso a ésta los ornamentos externos a los cuales estaban acostumbrados. . . El uso de templos dedicados a santos particulares, ornamentados en ocasiones con ramas de árboles; incienso, lámparas y velas; ofrendas votivas para recobrar la salud; agua bendita; fiestas y estaciones, procesiones, bendiciones a los campos; vestidos sacerdotales, la tonsura, el anillo de bodas, las imágenes en fecha más tardía, quizá el canto eclesiástico, el Kyrie Eleison, todo esto tiene un origen pagano y fue santificado mediante su adaptación en la Iglesia» J. H. Newman. An Essay on the Development of Christian Doctrine, pp. 359, 360.
Esta situación preparó el camino a la promulgación del Cristianismo como religión oficial del Imperio romano. De manera que, los primeros edictos de Constantino y Licinio, proclamando la libertad de todos los cultos, no significaron el fin de la intolerancia religiosa sino que se convirtieron en las simples etapas iniciales de otra intolerancia que estaba en puertas. La plena libertad de conciencia que legalizaron los decretos de 313 y 314 era algo demasiado anticipado a los tiempos y pronto fue echada en olvido. Sirvió tan sólo para que, de alguna manera, Constantino lograra la introducción de la nueva fe en la legalidad del Imperio.
F. F. Bruce, pregunta con razón: «¿Qué tiene que ver todo esto con la misión del Siervo del Señor que Jesús pasó a sus seguidores? ¿Cómo podría el cristianismo llevar a cabo la tarea que le había sido encomendada y traer la verdadera luz a las naciones si afeaba de tal manera el mensaje que debía proclamar? Afortunadamente, como veremos, hay otro aspecto del cuadro; y es en éste otro lado que el progreso del Cristianismo auténtico se pone de manifiesto. Pero, con todo, hemos de reconocer que este progreso se ha visto seriamente retarda. do hasta nuestros días por la presencia de piedras de tropiezo -escándalos, para usar la palabra de origen griego-, colocadas por vez primera en el siglo IV y algunas de las cuales todavía hoy no hemos acertado a quitar».
Mas, como hemos dicho, la influencia fue recíproca. Además, cuatro siglos de predicación del Evangelio, pese a todas las imperfecciones de los cristianos, habían dejado una huella cuyas Influencias se notaban cada vez más en la vida social. La doctrina del hombre creado a imagen de Dios impuso restricciones a la costumbre de marcar a los esclavos en la cara y aún inició la serie de medidas que, finalmente, darían fin a la esclavitud misma. Comenzaron las medidas tendentes a la protección de los niños abandonados por sus padres ya la salvaguardia de la santidad del matrimonio. Pese a la infiltración del espíritu y las maneras paganas en la Iglesia, y pese a la propia decadencia espiritual de ésta, el poder del Evangelio hizo su impacto en el Imperio y aún más allá de sus fronteras. Pero, es en estas épocas cuando resulta más difícil el trazar la línea que distingue lo que es meramente institución eclesiástica y la que es la verdadera Ecclesia.
La libertad ganada con la sangre de los mártires y el sufrimiento de los confesores, se buscó a partir de entonces en las adulaciones y los conturbenios con el gobierno imperial. Sin darse cuenta, las Iglesias se debilitaron pues perdieron un elemento básico de la vida espiritual: la libertad moral. En aquel tiempo, no obstante, creyeron que por el contrario, hallaban su más grande emancipación.
Los concilios que tuvieron lugar inmediatamente después de la paz de Constantino, se resintieron de la intervención estatal que habría de coartar la plena libertad espiritual de los sínodos y la vida de la Cristiandad.
Para Constantino, el cristianismo vendría a ser la culminación del proceso unificador que había estado obrando en el Imperio desde hacía siglos. Había logrado que sólo hubiera un emperador, una ley y una ciudadanía para todos los hombres libres. Sólo faltaba una religión única para todo el Imperio. Para ello era preciso que hubiera igualmente una sola Cristiandad, uniformada al máximo posible. De esta manera, las discusiones doctrinales o disciplinarias de la Iglesia se convirtieron en problema de Estado.
J. P. V.Solo Dios es Sabio