martes, 22 de enero de 2008

TEOLOGÍA Y MAGISTERIO EN LA IGLESIA, UNAS RELACIONES DIFÍCILES
JOAQUÍN LOSADA Prof. de Eclesiología. Univ. Comillas. Madrid

«Magisterio y Teología... no son dos tareas opuestas, sino complementarias... Por ello el Magisterio y la Teología deberán permanecer en diálogo." Juan Pablo II

Más que una reflexión teórica sobre las reglas de juego que debieran regir las relaciones del Magisterio con la Teología en el interior de la Iglesia, nuestro punto de vista, de acuerdo con el problema planteado en este número de Sal Terrae, quiere ser concreto, atento a las peripecias de unas relaciones difíciles, frecuentemente conflictivas, a veces escandalosas, entendiendo la palabra en su sentido propio de "tropiezo"; tropiezo para la conciencia de pertenencia a la Iglesia de muchos cristianos y factor de distanciamientos prácticos. No se puede olvidar que uno de los componentes más importantes de los procesos que han llevado a las grandes rupturas de la unidad que ha padecido la Iglesia en su historia, ha sido de índole doctrinal. Conflicto duro y crispado entre teólogos y un Magisterio autoritativo que, muchas veces, el paso del tiempo ha dejado al descubierto como apasionado y sin razón.Pero no vamos a detenernos en el recuerdo de los viejos conflictos históricos, aunque sus consecuencias dolorosas sigan haciéndose sentir en nuestros días. Nos centraremos en la situación de la Iglesia posconciliar y de nuestra Iglesia española en particular. Una Iglesia que ha vivido un verdadero "boom" de brillante docencia magisterial de Papas y Obispos, seguramente más abundante que en cualquier otro momento de su historia: enseñanzas de Conferencias episcopales regionales, nacionales y continentales, Sínodos de Obispos, documentos del Papa y de las Congregaciones romanas... Al mismo tiempo, esta misma Iglesia ha padecido los dramas personales de teólogos como H. Küng, G. Gutiérrez, L. Boff, Ch. Curran, E. Schillebeeckx, para citar los casos más clamorosos, enfrentados a procesos sobre la ortodoxia de su pensamiento teológico. Estos nombres son sólo la punta visible de un "iceberg" que se extiende, prácticamente, a todas las Facultades de Teología del mundo. Difícilmente podrá encontrarse alguna que no haya experimentado en estos años, en algún momento y en alguno de sus miembros, el conflicto con un Magisterio receloso ante los empeños de algunos de sus mejores teólogos."Parece que ahora el teólogo —avisaba hace poco tiempo el cardenal Ratzinger— quiere ser a toda costa 'creativo', pero su verdadero cometido es profundizar, ayudar a comprender y a anunciar el depósito común de la fe, no crear".1 Ahí está una de las raíces del conflicto. No hay acuerdo sobre el papel que el teólogo debe asumir en la vida de la Iglesia. En otros términos los Obispos españoles, a juzgar por recientes declaraciones y escritos de altos representantes de la Conferencia episcopal, apuntan su inquietud en la misma dirección. Denuncian el "progresismo" de unos teólogos que, en su apertura al mundo secular, ponen en peligro la esencia de la fe cristiana.2 Los teólogos, sin embargo, creen ser fieles a su identidad, a su misión y a la doctrina del Concilio Vaticano II cuando se esfuerzan por dialogar con la cultura de su tiempo. Esta es la situación problemática que queremos estudiar y analizar. Hay que reencontrar el sano equilibrio de ministerios y funciones, que refleje el vigor de una Iglesia renovada en la totalidad de su cuerpo. Hay que preocuparse eficazmente por la credibilidad de nuestro testimonio ante los hombres de nuestro tiempo.1 Factores determinantes de la situaciónSe trata, ante todo, de intentar hacer un diagnóstico convincente y que, de alguna manera, ponga al descubierto las causas profundas que provocan el frecuente conflicto entre el Magisterio y la Teología. Cuando el fenómeno patológico se repite una y otra vez, en diferentes circunstancias eclesiales y culturales, hasta el punto de convertirse en un estado de tensión permanente, hay que suponerle unas causas, entrañadas en la misma estructura funcional de la Iglesia actual, que lo hacen nacer y renacer, independientemente de cualquier circustancia cambiante. ¿Cuáles pueden ser esos factores estructurales del conflicto? El análisis de la identidad y del funcionamiento concreto de los dos servicios, Magisterio y Teología, tal como son reconocidos y actúan hoy en la Iglesia, nos abrirá el camino para su determinación.Las dos funciones, Magisterio y Teología, tienen hoy una identidad bien definida y reconocida en la vida de la Iglesia. "Los Obispos, sucesores de los apóstoles, reciben del Señor, a quien ha sido dado todo poder en el cielo y en la tierra, la misión de enseñar a todas las gentes y de predicar el evangelio a toda creatura" (LG 24). Ese es su primer deber, el rasgo dominante que debe caracterizar su presencia en la vida de la comunidad cristianasEl dinamismo de la fe, que acoge la Palabra revelada por Dios y busca su plena comprensión, es lo que da origen y fundamenta la tarea del teólogo. "Fides quaerens intellectum, intellectus quaerens fidem", "la fe, que busca la comprensión, la inteligencia, que busca la fe". Lo explicaba en Salamanca Juan Pablo II en los siguientes términos:"La fe es la raíz vital y permanente de la teología, que brota precisamente del preguntar y buscar, intrínsecos a la misma fe, es decir de su impulso a comprenderse a sí misma, tanto en su opción, radicalmente libre, de adhesión personal a Cristo. cuanto en su asentimiento al contenido de la revelación cristiana. Hacer teología es, pues, una tarea propia exclusivamente del creyente en cuanto creyente, una tarea vitalmente suscitada y en todo momento sostenida por la fe, y por eso es pregunta y búsqueda ilimitada.» 4La función teológica aparece de este modo estrechamente enraizada en las exigencias del hecho mismo de la fe cristiana: la Palabra de Dios revelada, su captación y aceptación por la comunidad creyente y su proclamación a todos los hombres y a todas las culturas. Esa radicalidad fundamental del quehacer teológico es la explicación de la presencia de "profetas y maestros", hoy diríamos "teólogos", desde los tiempos apostólicos (cf. Act 13,1).Las dos funciones aparecen estrechamente vinculadas con el hecho de la revelación de Dios en Jesucristo, al servicio de la Palabra revelada en él y por él, de su creciente comprensión y asimilación y de su proclamación a todos los pueblos. Coinciden, pues, ambas en el mismo campo de actividad. Podríamos decir que, dentro de la estructura funcional de la Iglesia, se encuentran colindantes. Esta localización estructural facilita y multiplica, inevitablemente, los contactos y encuentros de las dos funciones, pero también, en la misma medida, potencia las posibilidades de roces y de choques.Sería encerrarse en una visión parcial de las cosas limitarse a este primer plano de identificación de estas dos funciones de servicio a la Palabra de Dios revelada, por muy importantes que se nos presenten. El Concilio Vaticano II comprende todas las diversificaciones funcionales que se dan dentro de la Comunidad cristiana en el marco de una visión global de la Iglesia como Pueblo de Dios que prolonga en la historia, todo él, la triple función de Cristo, sacerdotal, profética y real. Es en ese horizonte más amplio donde hay que localizar todo un diversificado sistema de "servicio a la Palabra", que afecta a todos los fieles y los compromete en la continuidad de la función profética de Cristo hasta el fin de los tiempos. Magisterio y Teología están insertos en ese "sistema funcional profético"; forman parte de él y deben ser comprendidos como tales. Una parte importante, sin duda, pero que nunca debiera pretender imponerse y sustituir a la totalidad. Deben integrarse, en comunión y en servicio, dentro de todo el sistema profético, en el que hay que dar un puesto particularmente relevante al "sensus fidei" de los fieles y a todas las formas vivas y carismas en que este "sentido de la fe" de los creyentes se manifiesta en cada momento en la vida de la Iglesia.En este necesario proceso de integración de los distintos servicios y ministerios en la comunión eclesial, es de capital importancia tener en cuenta los principios operativos derivados de la comunión, y en concreto, el "principio de prioridad comunitaria" que, en un reciente documento sobre el laicado, recordaban los Obispos alemanes: "Los dones y los cometidos que han sido confiados a todos conjuntamente, comunitariamente, son primarios respecto a toda diversidad, por significativa que pueda ser".5 Prioridad de lo común y comunitario que exige a las funciones singulares, sean las que sean (en nuestro caso al Magisterio y a la Teología), una actitud fundamental de atención y subordinación al todo del cuerpo eclesial, al que deben servir.Integrados en el sistema general de servicio a la Palabra de Dios, la acción del Magisterio y de la Teología, como la de todo el Pueblo de Dios, no debe ser nunca la de un mero instrumento pasivo y reiterativo, sino un servicio personal y comunitario, responsable y activo, en el que la libertad del Espíritu, "que habló por los profetas", se conjuga con la libertad del hombre histórico, que en las variables situaciones socioculturales acoge la Palabra de Dios por la fe. En esta conjunción de lo divino y lo humano, considerada como mediación que varía en función de la diversidad de tiempos y de culturas, la Palabra de Dios sigue encontrando a los hombres. Esto quiere decir que, aunque la Palabra haya sido dicha plena y definitivamente en el Hijo y por el Hijo Jesucristo, su traducción y comprensión en las distintas circunstancias histórico-culturales deberá ser el quehacer concreto y personal de las mediaciones históricas de una Iglesia que es "sacramento universal de salvación" (LG 48). En el encuentro coloquial de Dios con la humanidad, en que, según el Concilio, se realiza la Revelación de Dios (cf.DV 2), tienen su puesto y encuentran el sentido de su función tradicional y creativo tanto el Magisterio como la Teología.Desde esta perspectiva de servicio mediador de la Palabra revelada hay que comprender el objetivo concreto del magisterio de los Obispos y de la reflexión de los teólogos. El ministerio magisterial de los Obispos aparece en las Comunidades cristianas como garantía de seguridad y de fidelidad a lo enseñado por los Apóstoles en el momento transicional en que el cristianismo naciente tiene que afrontar el paso de la generación apostólica, fundamentada en el testimonio directo de los testigos oculares, a la situación postapostólica, en la que estos testigos ya han desaparecido. Es entonces cuando los Obispos "suceden" a los Apóstoles en la garantía de la verdad revelada y transmitida por los Apóstoles, y en el compromiso en el cumplimiento de la misión confiada por Cristo a su Iglesia. Se trata, pues, de un ministerio caracterizado por su dedicación a garantizar la continuidad con los orígenes y la autenticidad de la doctrina recibida. Ese es el rasgo dominante de su identidad ministerial y, consiguientemente, su función principal en la estructura ministerial de la Iglesia. Una garantía que se presenta y actúa no sólo en la proclamación de la Buena Nueva y en la explicación a la Comunidad cristiana de la doctrina recibida, como lo habían hecho los Apóstoles, sino en una función de "vigilantes", "episcopoi", en la propia Iglesia particular, "en medio de la cual os ha puesto el Espíritu Santo como obispos para pastorear la Iglesia de Dios" (Act 20,28), en el momento en que esos Apóstoles, testigos y cimiento sobre el que se construye la Iglesia (cf. Ef 2,20), dejan de estar visiblemente presentes en la comunidad.El servicio de los teólogos se manifiesta históricamente en relación con lo que podríamos llamar "proceso de negociación de identidad" social y cultural, en el que tiene que entrar la comunidad de los discípulos de Jesús al verse obligada a identificarse y situarse primero en el contexto del judaísmo palestino, muy pronto también en el mundo de la cultura greco-romana. ¿Qué significan Jesús y su mensaje en el contexto apocalíptico de la espera de la llegada inminente del Reino de Dios? ¿Qué valor tienen su muerte y resurrección en el mundo judío de la espera escatológica? ¿Qué sentido tiene su persona, su mensaje, la comprensión del cristianismo palestino, en el mundo grecoromano, fuera de la concepción apocalíptica de la historia cuestionada, por otra parte, a causa de la dilación de la parusía? La reflexión de "los maestros", "los teólogos", intenta dar una respuesta a estas preguntas-clave para encontrar sentido a la fe cristiana ya desde sus mismos orígenes. "Siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón ('logon') de vuestra esperanza" (1 Pet 3,15). El "logos" de la esperanza cristiana, cuestionada en las distintas situaciones históricas, es e' "logos" que busca el "teólogo" y que ofrece la "Teología" a los creyentes y a las preguntas formuladas por cada tiempo y cada cultura."Naturalmente, los dos servicios, Magisterio y Teología, siguen manteniendo su identidad y su razón de ser en las circunstancias históricas que, a partir de la Ilustración, vive la Iglesia en su encuentro con el mundo moderno. La afirmación de relevancia de la fe cristiana en un mundo secularizado y la necesidad de una "negociación de identidad" y de "dar razón de nuestra esperanza" se ha hecho apremiante para la Teología. La necesidad de un reforzamiento de la actitud de vigilancia que garantice la fidelidad y la continuidad con la tradición viva se hace sentir con particular intensidad ante la sucesión de problemas nuevos y de caminos inciertos que se abren cada día ante la humanidad y ante la Iglesia. Esta situación da una particular importancia y actualidad a los servicios de Teología y Magisterio. Pero es precisamente ahora cuando, en lugar de una esperada y abierta colaboración de los dos servicios, nos encontramos con un distanciamiento creciente, una atmósfera cargada y tensa y el frecuente estallido de conflictos abiertos entre el Magisterio oficial y teólogos que intentan la reflexión teológica en la frontera con nuestro mundo. ¿Se trata de las consecuencias inevitables de una situación de emergencia que pide actitudes y actuaciones extraordinarias? ¿Hay que aceptar la situación fatalmente como exigencias normales de la vida eclesial? ¿Nos encontramos ante un planteamiento equivocado que hay que rectificar, una situación anormal que necesita ser clarificada y ordenada, para que ambos servicios funcionen de un modo correcto y satisfactorio? Es esta última hipótesis la que creo que responde a la realidad.2. Las oscuridades de una situación conflictivaEl encuentro con la modernidad ha constituido un verdadero reto para toda la Teología cristiana. La Teología católica no ha sido ninguna excepción. No se trata de un desafío ideológico de confrontación de dos concepciones del mundo alternativas. Lo que está en juego es algo mucho más vital e importante. Se trata de la proclamación del mensaje cristiano, de su sentido para el hombre actual y de la posibilidad de su aceptación por la fe. Una vez más, la Iglesia ha de dar razón de su esperanza a los que le preguntan por su fe. Sin embargo, el cumplimiento de ese imperativo de todo creyente, pero que afecta de un modo singular al ministerio del teólogo, entraña un conjunto de contradicciones y oscuridades que, en buena medida, son causa de conflictos para la Teología y que necesitan una urgente clarificación.2.1. "¿Invitación de compromiso?". El Concilio Vaticano II, Magisterio en su forma más autorizada, supuso para la Teología una confirmación indiscutible de su empeño por responder a las cuestiones de nuestro tiempo. La constitución "Gaudium et Spes" se situó ante el mundo de un modo nuevo. Expresó su cercanía al mundo y a sus problemas, su solidaridad con todas sus aspiraciones y preocupaciones, su disponibilidad total para un diálogo franco y abierto, en el que la misma Iglesia se manifestaba deseosa de aprender del mundo y ofrecía su colaboración en orden a encontrar una solución a los problemas que angustian a la humanidad. A esta actitud de acercamiento y diálogo el Concilio invita también a la Teología:«Los teólogos, guardando los métodos y las exigencias propias de la ciencia sagrada, están invitados a buscar un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época, porque una cosa es el depósito mismo de la fe, o sea, sus verdades, y otra cosa es el modo de formularlas, conservando el mismo sentido y el mismo significado... La investigación teológica siga profundizando en la verdad revelada sin perder contacto con su tiempo, a fin de facilitarle a los hombres cultos en los diversos ramos del saber un mas pleno conocimiento de la fe... Pero, para que puedan llevar a buen término su tarea, debe reconocerse a los fieles, clérigos o laicos, la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer, humilde y valientemente, su manera de ver en los campos que son de su competencia.»6Respondiendo a esta invitación del Magisterio solemne del Concilio ecuménico, la Teología posconciliar se comprometió en ese camino de búsqueda de nuevas formas de comunicación de la doctrina de fe cristiana, de mantenimiento de contacto y de diálogo con los hombres de nuestro tiempo, de uso de una justa libertad de investigación, de pensamiento y de expresión de los propios puntos de vista. Pero lo que ha sucedido frecuentemente en estos años es que la Teología ha resultado un "invitado Incómodo", al presentarse en el ámbito público de la Iglesia con las condiciones que el mismo Magisterio conciliar le había fijado en el protocolo de su "tarjeta de invitación": "buscar un modo más apropiado de comunicar su doctrina a los hombres de su época", "sin perder contacto con su tiempo", usando de la justa libertad de investigación, de pensamiento y de hacer conocer, humilde y valerosamente su manera de ver". La Teología invitada presenta su tarjeta de invitación y de identificación perfectamente en regla. ¿Se le puede cerrar la puerta, sin más? ¿Qué razones válidas o disculpas se pueden dar por los que tienen la responsabilidad de la puerta de entrada? ¿Es que ha habido un error en la invitación a la Teología, hecha con tanta solemnidad por el Magisterio del Concilio? Esta es la oscuridad primera que necesita ser clarificada. Ratificar o anular una invitación que ha lanzado y animado la acción de la Teología de nuestro tiempo.2.2. "Apertura a distancia". La nueva actitud de la Iglesia ante el mundo, su apertura al mundo moderno, es una de las grandes enseñanzas del Concilio Vaticano II. Su expresión más rica y autorizada la encontramos en la constitución "Gandium et Spes" ."La Iglesia se siente íntima y realmente solidaria del genero humano y de su historia". "Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón" (GSp 1). "Es deber permanente de la Iglesia escrutar a fondo los signos de los tiempos e interpretarlos a la luz del Evangelio" (GSp 4). "Avanza juntamente con toda la humanidad, experimenta la suerte terrena del mundo, y su razón de ser es actuar como fermento y como alma de la sociedad, que debe renovarse en Cristo y transformarse en familia de Dios" (GSp 40). "Los cristianos, recordando la palabra del Señor: 'en esto conocerán todos que sois mis discípulos, en el amor mutuo que os tengáis' (Jn 3,35), no pueden tener otro anhelo mayor que el de servir con creciente generosidad y con suma eficacia a los hombres de hoy" (GSp 93).De entonces acá han pasado casi veinticinco años ricos y tensos. Parece que el mundo, al que la Iglesia había abierto sus puertas de par en par, no ha resultado tan inocente y honorable como, al parecer de algunos, habían imaginado los Padres conciliares, "algunos de los cuales pudo parecer, tal vez, que se dejaron ganar por aquel optimismo un poco ingenuo de aquellos tiempos, un optimismo que, en la perspectiva actual, nos parece poco crítico y realista".7La mayor parte de la Teología posconciliar asumió decididamente esa actitud fundamental del Concilio y de la constitución "Gaudium et Spes", que la doctrina conciliar había establecido sobre una sólida teología del Dios Creador, del Verbo Encarnado y de la Historia de la salvación. Consecuentemente, estos teólogos se han esforzado por mantenerse siempre cercanos y solidarios con el mundo, como lo habla pedido el Concilio, aunque este mundo no fuese ya la humanidad esperanzada de los años conciliares, sino un mundo endurecido y escéptico, como consecuencia de la serie encadenada de crisis económicas, sociales, políticas y culturales. Por otra parte, hay que precisar que esta nueva realidad mundana no está ausente del mundo y de la previsión de futuro de la "Gaudium et Spes". Por eso no es lícito pensar que el cambio producido pueda invalidar los principios enseñados por la constitución, ni mucho menos anular su mensaje de misericordia y de esperanza. Al contrario, ante la nueva situación del mundo, la lógica del pensamiento conciliar, que es la lógica del evangelio, debe llevarnos a una mayor proximidad y a una mirada de mayor comprensión y misericordia. Pensemos en la lectura que tiene en estos momentos la parábola del Buen Samaritano (Lc 10,25-37). Y en este mismo sentido encuentra una nueva actualidad la carta "Dives in misericordia" de Juan Pablo II.8Por eso resultan desconcertantes puntos de vista en los que se presenta a un llamado "sector progresista" de la Teología española como pretendiendo fundamentar su postura teológica en el Concilio Vaticano II, en la constitución "Gaudium et Spes" y en la invitación al diálogo con el mundo, hecha por Pablo VI, mientras se justifica una actitud de distanciamiento y confrontación, refiriéndose a "un vuelco cultural", "cultura dominante... de la contestación", descrita con un impresionante conjunto de rasgos negativos. El diálogo y acercamiento a este mundo pone en peligro la misma esencia de la fe cristiana 9 Hay que decir, sin embargo, que una lectura atenta del capítulo primero de la constitución "Gaudium et Spes" pone en evidencia que el mundo que el Concilio tiene presente, con el que afirma su voluntad de diálogo y con el que se siente solidario, no se diferencia del nuestro. Es y sigue siendo el mismo mundo necesitado de salvación, al que Dios amó de tal modo que le entregó su HiJo único (cf. Jn 3,16).Ante esta situación, la necesidad de una clarificación vuelve a hacerse urgente. Un amplio sector de teólogos, que no se sienten identificados como "progresistas", en el sentido peyorativo que va adquiriendo el término dentro del lenguaje eclesiástico, parecen no coincidir con la forma de ver, valorar y, consiguientemente, actuar ante el mundo actual que tiene un importante sector de representantes del Magisterio. Estos teólogos se identifican con el pensamiento conciliar y con su llamada a un sincero diálogo con el mundo. Piensan que en su actitud están sirviendo fielmente al Magisterio en su forma más elevada, el Concilio ecuménico. No cabe duda que esta divergencia de opiniones tiene una fuerte incidencia en las relaciones Magisterio y Teología. De ahí la conveniencia de dar una respuesta a preguntas como éstas: ¿sigue teniendo validez en la Iglesia actual la actitud ante el mundo moderno asumida por el Concilio Vaticano II en la constitución "Gaudium et Spes"?; los cambios que se han producido en la sociedad moderna en el período posconciliar ¿justifican un cambio de postura en la Iglesia? Creo que, en último término, lo que está en juego es la permanencia del Concilio con todo su significado de honda conversión y renovación de la vida de la Iglesia. En este nivel de la cuestión hay que afirmar que las instancias más altas del Magisterio de la Iglesia (Papa, Sínodos de Obispos) enseñan tajantemente la continuidad y validez de un Concilio al que se le sigue reconociendo como la gran gracia que Dios ha hecho a nuestro tiempo.2.3. "Crear repitiendo". La paradoja de este epígrafe expresa el sentido que tiene el quehacer del teólogo en la Iglesia, de acuerdo con la ambigüedad de la situación en que se le quiere colocar hoy. ¿Explicar y repetir lo que ya está dado, o crear y buscar una mayor comprensión de la fe? ¿Explicación de la verdad revelada y enseñada por el Magisterio auténtico, o esfuerzo creativo, que reflexiona sobre la fe tradicional para hacerla más comprensible y cercana a los hombres de hoy? Lo grave de la pregunta es que el sentido de la tarea, que se espera que haga el teólogo, define su "rol" en la Iglesia y, consiguientemente, su identidad ministerial. Y al contrario, la falta de definición del sentido de su quehacer en la Iglesia oscurece su "rol" y desdibuja su identidad. De ahí las serias consecuencias que tiene esta definición y la urgencia de una clarificación.Hemos recordado anteriormente el punto de vista del cardenal Ratzinger sobre el sentido que debe tener el trabajo del teólogo en la Iglesia. Según él, hoy el teólogo quiere ser, a toda costa, creativo, pero su verdadero cometido no es el de crear, sino el de profundizar, ayudar a comprender y a anunciar el depósito común de la fe. Se teme que su afán creativo desintegre la fe común "en una serie de escuelas y corrientes a menudo contrapuestas". Además hay que tener en cuenta "el desconcierto" del pueblo de Dios ante la pluralidad de pensamiento y de opiniones resultantes del esfuerzo creativo de la Teología. Pero también habría que preguntarse si ese posible desconcierto del pueblo de Dios ante una pluralidad de opiniones, dentro de la unidad esencial, no puede ser mayor desconcierto y desamparo ante un pensamiento monolítico que ignora los nuevos problemas, las nuevas situaciones y los nuevos caminos que cada día se abren ante el creyente y que necesita andar. Por otra parte, volviendo la mirada al pasado de la Iglesia, ¿es que no aparece desde los primeros momentos una rica pluralidad en la comprensión de un Misterio revelado, que no puede agotar ningún entendimiento humano? ¿No es la pluralidad un reflejo necesario de la pluriforme Sabiduría de Dios?Ratzinger destaca acertadamente el carácter de "servicio eclesial", que es propio de la Teología. Esta eclesialidad del servicio teológico implica su inserción e integración en la estructura ministerial de la Iglesia y su incuestionable subordinación a la Palabra de Dios revelada, a la Tradición viva de la Iglesia, al pueblo de Dios, al que debe servir, y a la autoridad de un Magisterio auténtico, al que ha sido encomendado "el oficio de interpretar auténticamente la palabra de Dios" (DV 10). Pero la cuestión se plantea en el modo en que la Teología ha de cumplir tal "servicio eclesial". Juan Pablo II, hablando a los teólogos españoles reunidos en Salamanca con motivo de su viaje a España, después de haber recordado a los grandes maestros que en el pasado enseñaron en aquella universidad, decía:"Por eso, en los tiempos nuevos y difíciles que estamos viviendo, los teólogos de aquella época siguen siendo maestros para vosotros, en orden a lograr una renovación tan creativa como fiel, que responda a las directrices del Vaticano II, a las exigencias de la cultura moderna y a los problemas más profundos de la humanidad actual.La función esencial y específica de! quehacer teológico no ha cambiado ni puede cambiar."10El Papa hace, pues, una explícita invitación a la creatividad de los teólogos actuales, conforme al modelo de los grandes maestros del pasado. Una creatividad que debe ejercerse siguiendo las directrices del Concilio Vaticano II. Sin duda, se refiere a las orientaciones ofrecidas por la constitución "Gaudium et Spes" cuando pide a los teólogos "buscar siempre un modo más apropiado de comunicar la doctrina a los hombres de su época", utilizar las ciencias del hombre, mantener una estrecha unión con los hombres de su tiempo, esforzarse por comprender la cultura actual y el uso de una justa libertad de investigación, de pensamiento y de expresión (cf. GSp 62). Creatividad en el método teológico y en la problemática planteada, señalaba el Papa en los teólogos del siglo XVI. Esa es la creatividad que hoy debe vivir la Teología. Junto con ella, la fidelidad a la Iglesia de Cristo. Fidelidad creativa que responda a "las exigencias de la cultura moderna y a los problemas más profundos de la humanidad actual". Teología situada en la frontera de un mundo nuevo y una nueva cultura que está ya aquí mismo. Esta tarea, que, si se asume de modo responsable, es absolutamente seria e importante, diríamos esencial, para el cumplimiento de la misión de la Iglesia, le pide al teólogo un decidido talante creativo y una fidelidad a toda prueba. "Sabed ser creativos cada día...", pedía el Papa a los teólogos españoles en Salamanca 11. Pero el cumplimiento de esta petición exige una libertad que es condición indispensable para todo empeño creativo, y requiere también una confianza y un respaldo a la tarea teológica por parte de la Iglesia que ahuyente los miedos paralizadores. Y muchos de los teólogos actuales tienen la penosa impresión de que ambas exigencias, libertad y confianza, se están debilitando notablemente en los últimos tiempos. Si esto es así, hay que decir que una de las tareas más urgentes que en estos momentos tiene ante sí la Iglesia es la de devolver confianza y libertad a la Teología.
3. Conclusión En el Nuevo Testamento y en los escritos postapostólicos aparecen frecuentemente unidos los ministerios de "apóstoles y doctores" como dos servicios prioritarios en la vida de las primeras comunidades cristianas. En la larga historia de la Iglesia los obispos, sucesores de los apóstoles, y los teólogos, continuadores del servicio de los doctores, han mantenido una colaboración indudablemente fructuosa para la vida de la Iglesia. En determinados momentos esa colaboración se ha hecho particularmente intensa. El resultado han sido acontecimientos decisivos para la renovación del Pueblo de Dios. Pensemos en lo que ha sido, desde ese punto de vista, el Concilio de Trento o el propio Concilio Vaticano II. Por el contrario, el distanciamiento y debilitamiento en esta colaboración lo podemos descubrir en momentos de decadencia de la vida cristiana o en situaciones de tensión que han llevado hasta la ruptura de la Comunidad. Sería bueno prestar atención a las lecciones que nos da la historia.Empezamos este artículo recordado en epígrafe unas palabras de Juan Pablo II a los teólogos españoles reunidos en Salamanca. Ahora, al final, se puede comprender mejor todo su alcance: "Magisterio y Teología tienen una función diversa. Por eso no pueden ser reducidos el uno al otro. Pero no son dos tareas opuestas, sino complementarias... Por ello, el Magisterio y la Teología deberán permanecer en un diálogo, que resultará fecundo para los dos y para el servicio de la comunidad cristiana".12 Complementariedad de funciones, actitud permanente de diálogo, que requiere cercanía y aprecio mutuo, al servicio de la Iglesia, a la que hay que amar, lo recordaba entonces el Papa, "con corazón apasionado".

JOAQUÍN LOSADASAL TERRAE 1988/05. Págs. 357-370

...................1. J. RATZINGER V. - MESSORI, lnforme sobre la fe, Madrid 1985, p. 79.
2. Cf. F. SEBASTIAN. "Las ambigüedades del progresismo": Ecclesia (9-16 abril 1988), pp. 6-9.3.
El concilio de Trento afirma, sin más, la primacía de la función de predicar. El Vaticano II la presenta como "una de las principales funciones" del Obispo.
4. JUAN PABLO II, "Discurso a los teólogos", en Juan Pablo II en España, Madrid 1982, p. 36.
5. OBISPOS ALEMANES, "El laico en la Iglesia y en el mundo": Ecclesia 2300 (1987), p. 39.
6. VATICANO II. Constitución "Gaudium et Spes", 62.
7. J RATZINGER-V. MESSORI, op. cit., p. 42.
8. JUAN PABLO II. Carta Encíclica Dives in Misericordia (espec. n. 15).
9. F SEBASTIAN, art. cit.. n. 6.
10. JUAN PABLO II, "Discurso a los teólogos". Ioc. cit.. p. 36.11. Idem, p. 3912. Idem, ibid.

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